Esta primera semana en Moscú en casa de Alexandra Vasilievna Scherbachova me ha permitido empezar a conocer la vida propiamente moscovita. Alexandra tiene muchas amigas y como en esta época son las vacaciones escolares, solamente va unas pocas horas a su trabajo y el resto lo dedica a mostrarme su ciudad y dejarme compartir su vida y la de Elina, con quien son como hermanas. Me presenta a su vecina Irina y con ella hacemos largas caminatas por los parques vecinos, enormes, con senderos muy bien cuidados y cubiertos de árboles frondosos, a media noche, con una gran luna llena, mientras me cuenta detalles de su vida, salpicados de humorísticas anécdotas.
Ella nació a pocas cuadras del Kremlin, o sea en el centro de ciudad, se vestía con ropas de niño que le regalaban a su madre, pues la vida era muy dura, y una vez se escapó a jugar en la nieve con otros chicos y se partió una pierna. Otra noche de luna me mostró el hospital donde nació, la escuela donde estudió, el sitio donde quedaba su casa, el vecino Conservatorio Tchaikovsky, el teatro a donde iba ya mayorcita y sus calles favoritas.
Con la Perestroika, a cada ciudadano le dieron en propiedad la casa o el apartamento que ocupaba, mediante un pago nominal de 100 o 200 rublos. Logró cambiar el apartamento que le asignaron por otro un poco menos alejado del centro y después heredó el apartamento de un tío. Ahora lo está vendiendo para comprar uno mas cómodo para su hija Elina. Con lo que gana como maestra y con las clases privadas de Inglés que dicta, puede viajar varias veces al año a Europa y mantener un buen nivel de vida. Me dice que como hispano hablante yo podría ganar de 30 a 40 dólares por hora de clase de Español y yo muy osado le contesto que si me consigue unos cuantos alumnos y un sitio en arriendo no muy caro, me quedo por un año…a ver si sobrevivo el invierno!!!
El encuentro con Mónica Borrero, la hija de Fanny, en la mitad de la plataforma de una estación del Metro, es emocionante. Me doy el lujo de mostrarle algunos sitios centrales que ya conozco y de explorar otros, desplegando lo mejor de mi balbuciente ruso. Repaso con ella la grandiosa Biblioteca Lenin, la Plaza Roja, los almacenes GUM, la catedral de San Basilio, la central avenida Tverskoy, la plaza de los teatros con el Bolshoi en reparación, la plaza de la Revolución con sus ventas de souvenirs, y algunos grandes monumentos como el de Marx, actual sitio de encuentro de parejas homosexuales.
Por la noche vamos al Ballet, en el Palacio de los Congresos del Kremlin, uno de los mejores espectáculos que he presenciado en mi vida, enmarcado en el más lujoso de los escenarios: Inmaculados pisos de mármol, inmensos guardarropas, relucientes espejos y amplios espacios diseñados con un sentido teatral de lujo y confort, tal como se lo “merecían” los delegados de los trabajadores comunistas. Una galería entera esta dedicada a fotografías de Yuri Gagarin y otros cosmonautas, entre ellos tres mujeres, coronados por el gobierno como “Héroes del Pueblo”.
Brindamos con champaña y tomamos entremeses de caviar y salmón, antes de disfrutar la maravillosa puesta en escena de Esmeralda, una descriptiva versión del Jorobado de Nuestra Señora de París, cuyos delicados movimientos y lujosísimos vestuarios dejan una sensación inolvidable. A este pueblo le fascina el arte y lo ha desarrollado hasta su máxima expresión, con gran sentido estético y delicadeza.
Tras hacer una larga cola, con Elina visitamos otro día el Museo de Bellas Artes Pushkin, donde se presenta una impresionante colección retrospectiva de las obras de Christian Dior, ídolo de la actual burguesía rusa. El museo incluye magníficas pinturas europeas y rusas, entre otros unos cuadros de Rubens, Van Dyck y Rembrandt ante los que me detengo largamente, mientras la chica me espera medio aburrida en alguna silla. Más tarde nos encontramos con su madre para ir al cercano Museo Literario de Alexander Sergeievich Pushkin, una casa antigua en la que se reconstruye el ambiente de la época en que nació y vivió el poeta, dramaturgo y novelista más popular del país, tataranieto de un noble africano que fue traído como esclavo. Pushkin es para Rusia como Shakespeare, Cervantes o Dante lo son para sus respectivos pueblos.
Otro anhelo de Mónica es el Museo de los Cosmonautas, así que vamos con ella y su amiga rusa Nurangiz, Alexandra y su ex segundo esposo Eduardo, Elina y un compañero de estudio llamado Artiom. Alex se parece a Matías el Caminante organizando grupos! Nurangiz es una educada y simpática compañera de estudio de Mónica, con algo de sangre pakistaní por parte de su padre, quien trabaja como diplomático. Alexandra estuvo casada varios años con Eduardo, un rico y excéntrico matemático y árbitro internacional de ajedrez, que se ha dado “el lujo” de regañar a Gasparov y compañía, de servir de guía a Matías el Caminante y que probablemente me va a alojar en su apartamento. Algunas sorpresas del museo son la gran aguja parabólica en materiales espaciales que lo corona, la firme creencia rusa de que el viaje de los norteamericanos a la Luna es un montaje con errores de filmación apreciables, la invención rusa de los inevitable pañales y el aparato de succión para orinar y la historia de Tchulkovsky, el promotor de los cohetes que trabajo con recursos artesanales en el vecino pueblo de Kaluga.
Al frente de este museo se encuentra la VNDK, o gran exhibición de los Logros Económicos Soviéticos. Esta es una Feria Exposición de varios kilómetros cuadrados, donde se encuentran pabellones construidos al estilo de cada una de las repúblicas, en los que muestran con orgullo sus productos agrícolas, industriales y tecnológicos.
Tengo otro gratísimo encuentro con mi amigo el “Conde” César de Montenegro y Orgaz y Elenita, su distinguida señora. Alex, quien se ha convertido en nuestro guía y ángel protector, me acompaña a su hotel, y con ellos y Mónica visitamos en detalle el Museo de Historia, recientemente abierto, después de una larga y exitosa labor de remodelación y nuevo despliegue. Desde la época prehistórica nos va llevando por sus diferentes etapas de tribus indómitas, dominación Tártara durante cuatro siglos, guerras con Suecia, Polonia y otros países vecinos, hasta terminar con la triste suerte de Nicolás II, el último de los Romanov, y su familia.
Ante la imposibilidad de componer el mundo después de mucho debatir sobre socialismo, capitalismo, consumismo y otros “ismos”, nos despedimos de Mónica, César y señora, regresamos con Alex a la casa para cerrar la maleta y trasladarnos en taxi hasta la estación del tren, donde mi amiga me ayuda a comprar el pasaje (2000 Rublos), me organiza en el vagón y me deja en manos de mis compañeros de compartimento: un acucioso, medio tartamudo y servicial muchacho de Tadjiztán y una gorda señora rusa que viene con su hija Olga después de visitar a un hijo que tiene en el ejército, según les entiendo. El chico Tadjiztaní nos ayuda con las maletas, nos sirve el té, nos ayuda a quitarnos los zapatos y a tender las camas, trata de enamorar a la chica y no sabe qué más hacer para agradar a sus compañeros de viaje.
A las 8:20 de la noche el tren parte suavemente y corre veloz en medio de un paisaje de bosques y más bosques, el gran lago Tverskoy y luego la niebla del sueño hasta amanecer en San Petersburgo.
San Petersburgo, Junio 20 de 2011
El enorme y decorado cañón que en realidad nunca fue disparado.

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