El colorido Rajastán
De tanto en tanto nos detenemos para descansar y tomar
fotos, o bien, para admirar algo novedoso como el colorido ropaje y los adornos
de las mujeres rajastanas. En una de esas paradas conocemos al industrial
mexicano Jaime Fernández quien hace con su familia en otro auto el mismo
recorrido nuestro. Por fin llegamos aquel día a la ciudad de Jaipur donde
pasaremos esa noche de Navidad en este país no cristiano pero cuna de las
grandes religiones. Jaipur es una ciudad de Fuertes y murallas, cuyo tráfico de
bicicletas, rickshaws, motos y automóviles nos ensordece y confunde. Nos
instalamos en un hotel que se llama Ashok, (como cosa rara), y Krish nos deja
en la Ciudad Antigua, cuyas angostas y sucias callejuelas con pequeños
comercios y talleres nos parecen pintorescas.
Manak Chand Singhiri, un viejito “jain”, se nos une y nos
acompaña a visitar un templo hindú dedicado a Shiva, donde una ruidosa campana
acompaña los rezos de los piadosos creyentes que veneran la estatua de un toro.
Conversamos también con el profesor M.S.Sagare, director del College de Maharashtra,
quien nos lleva a la tienda de telas de un amigo. Allá en la trastienda nos
ofrecen té y el charlatán profesor Sagare me “lee la mano” en ese inglés de
acento indio que resulta tan difícil de entender a veces. Luego se nos une Bandi,
un chico que habla algo de español, y otros amigos, con quienes recorremos las
calles centrales de la ciudad, visitamos otro templo hindú, comercios
callejeros, un mercado de flores y una tienda de té, en medio del animado
tráfico y de las vacas sagradas que se pasean parsimoniosamente por
doquier.
En todo el país vemos las vacas sin dueño que deambulan por
las calles, comen el alimento que la gente les ofrece, y reciben el saludo
respetuoso de los creyentes, algunos de los cuales inclusive beben su orina.
Pero hay toros que trabajan como animales de tiro, y vacas que son cuidadas y
ordeñadas a diario por sus dueños. En efecto, durante las grandes hambrunas del
pasado, poseer una vaca y contar con un poco de leche era una gran fortuna para
una familia pobre. Quizá por eso a algún gobernante o reformador religioso se
le ocurrió declararlas sagradas y así evitar que se las comieran.
En el lobby del hotel nos despedimos de nuestra espontánea y
entusiasta “escolta”, y allí pasamos esa Nochebuena de 1992, disfrutando de una
cena-buffet, un espectáculo de danzas folclóricas, marionetas, rifas y
concursos. En una gran mesa en el centro del comedor, un grupo de extranjeros
cena con niños indios, sus hijos adoptivos a quienes han traído por primera vez
para que conozcan su país de origen.
El día de Pascua vamos con nuestro guía local Sangram al
Fuerte Ambar, una ciudad amurallada erigida en lo alto de una montaña, que
parece como de cuento. Allá nos encontramos con los mexicanos Fernández, Jaime,
Oscar y Julieta. En diferentes elefantes subimos hasta el Fuerte, y Teresita
grita de felicidad, y de “rabia” porque no le tocó el elefante más grande. Sangram
nos espera arriba y nos muestra sus dependencias: la sala de las audiencias
públicas donde el rajá oía las quejas del pueblo y hacía justicia; el templo de
la misteriosa diosa Kali alrededor del cual se pasean como dueños los sagrados
monos; los lujosos palacios de las Concubinas, de la esposa turca, de la
cristiana, de la hindú y de otras tantas; el fresco palacio de verano y el
abrigado palacio de invierno; la muralla que rodeaba la ciudad, cuyas almenas y
miradores dominan el valle allá abajo; la sala de los espejos, los baños, etc.
Qué buena vida se daba el rajá, a costa de los impuestos y el trabajo de sus
súbditos!
Al regresar a la ciudad el guía nos lleva a la inevitable
fábrica de tapetes y al consabido centro de artesanías. Luego recorremos la
parte abierta al público del City Palace, residencia del Maharajá, en cuya
torre ondea su bandera cuando él está en la ciudad (... y hoy ondea), pero no
nos invita a tomar onces! En cambio visitamos su mezquita privada y el vecino
museo de textiles, admiramos la decorada puerta del Pavo Real y la puerta de la
Victoria, vemos sus uniformados guardias, y conocemos los enormes jarrones de
plata en los que un Maharajá anterior llevó agua del río Ganges en su viaje a Inglaterra,
pues por motivos religiosos no podía beber ni bañarse con agua de otro origen. Sangram
termina mostrándonos el Observatorio de Jehangir, el estudioso emperador mogul
que era muy aficionado a la astronomía e hizo levantar una serie de relojes de
sol muy exactos, así como otras construcciones adecuadas para predecir
eclipses, observar estrellas y estudiar la marcha de los astros.
Almorzamos en el restaurante Niros, cuya higiene es apenas
aceptable, y continuamos recorriendo las calles centrales de Jaipur, seguidos
de mendigos y de vendedores más insistentes que un “lotero” bogotano. Hay
peluqueros callejeros que sientan a sus clientes sobre un trapo en el suelo y
hasta me parece que mojan la brocha con su propia saliva. Teresita le hace
poner tapas a sus zapatos, pero las “tapas” no le duran sino dos cuadras y yo
me compro un sweater ordinario pero de bonito color pues por la noche hace algo
de frío. Encontramos cerrado el museo Albert Hall, pero nos distraemos en su
patio conversando con un grupo de niñas estudiantes de una escuela técnica.
Tomamos un rickshaw cuyo conductor no habla inglés, y cuando trata de llevarnos
hacia los extramuros nos asustamos, nos lanzamos a tierra desde su vehículo en
movimiento y regresamos a pie al centro, atravesando las más sucias calles de
la Ciudad Antigua.
Al final de la tarde salimos en el auto con Krish hasta el
hotel Rambagh Palace, de lujo, tamaño y colonial arquitectura deslumbrantes.
Disfrutamos de un coctel en su bar Polo, decorado con el más refinado gusto
británico, después de lo cual regresamos a nuestro hotel y despedimos a nuestro
conductor pues está cansado, los disturbios siguen, hay toque de queda en el
barrio donde vive su primo y mañana temprano tenemos que continuar viaje hacia Jodhpur.
Jodhpur
El sábado 26 desayunamos con frutas y emprendemos camino a
las siete de la mañana. Nos encontramos con los amigos Fernández y con una
larga caravana militar, y a las dos de la tarde entramos a Jodhpur, ciudad de
500.000 habitantes y centro productor de lana que fue sede de otro Rajá. Nos
alojamos en el Bahwan Ajit, hotel construido en forma de cabañas típicas por un
culto tío del Rajá, antiguo terrateniente y miembro del Congreso hoy convertido
en emprendedor hotelero por la fuerza de las circunstancias. Nos asignan la
cabaña del Alfarero, decorada rústicamente con motivos producidos por alfareros
locales. En la cabaña vecina se aloja un general del ejército que viaja en
Mercedes Benz con su familia y algo de séquito, a quien hemos venido
encontrando a lo largo del recorrido, y que según nos informan es el propio
Secretario de Defensa de la India.
Hacemos la gira de la ciudad de Jodhpur con nuestro guía
local Tatkat, quien habla buen inglés y parece bien informado. Primero nos
lleva al impresionante Fuerte que queda en lo alto de una colina, cuyas sólidas
puertas muestran aún las cicatrices de las balas de cañón y están provistas de
afiladas púas usadas en la antigüedad para evitar que los elefantes las
derribaran, y desde cuyas amplias rampas los cañones “defienden” la ciudad.
Dentro del palacio, el museo del Maharajá despliega cunas, armas, vestidos
antiguos, pinturas, palanquines y sillas de elefantes. En seguida vamos al Jaswant
Thanda, una hermosa tumba erigida a la orilla de una laguna por la viuda del
Maharajá Jaswant Singh II en memoria de su esposo, y considerada por muchos
como un pequeño “Taj Mahalito”. Recorremos el centro de la ciudad, pasamos por
el parque o Jardín Público, y visitamos el mercado Sinegar, cuya Torre del
Reloj domina toda clase de tiendas de los más variados artículos. Teresita se
divierte comprando telas estampadas que le servirán de manteles, cubrelechos y
regalos para sus amigas.
Luego vamos al Umadian Palace Hotel, un verdadero palacio
real, construido con todo lujo ya en vísperas de la caída del dominio británico
y de sus protegidos rajaes. Por sólo US$50 tomamos una opípara cena buffet con
vinos y cocteles en medio de su refinado ambiente. Hacemos pequeñas compras en
sus tiendas y boutiques, y regresamos en rickshaw a nuestro hotel, pues Krish
se ha ido a descansar después de llevarnos al Umadian.
Definitivamente nuestro maharajá hotelero sabe explotar las
tradiciones de la región y le da un ambiente muy típico al hotel donde nos
alojamos. El desayuno en mesa redonda alrededor de una fogata en el patio del
hotel, es sencillo, nutritivo y pleno de atmósfera. Llenos de curiosidad
salimos con él mismo a un Safari en campero por aldeas campesinas de la región
que antiguamente fue su latifundio, con una pareja francesa y otra de Bombay.
Nos dice que somos sus huéspedes, que la tarifa de la excursión cubre toda la
jornada y que no debemos dar propinas pues él tiene todo arreglado para que las
familias que vamos a visitar sean nuestros anfitriones. Para empezar nos
detenemos al lado de un canal bajo un árbol del que cuelgan centenares de
vampiros y desde donde comienza a mostrarnos con orgullo y algo de nostalgia
sus antiguas propiedades.
La primera casa que visitamos tiene la zona del frente
encerrada por una especie de barda baja en bahareque para entrar a la cual
debemos quitarnos los zapatos, pues aunque el piso es en tierra la mantienen
inmaculadamente limpia. Nos sentamos en el suelo sobre humildes tapetes, el
jefe de la casa hace traer una infusión de opio, vierte un poco en la palma de
su callosa mano, y de la propia mano bebe un sorbo nuestro guía, en señal de
amistad y respeto. Los visitantes “más valientes” bebemos también un poco de
ese opio que nos sirven en tacitas pequeñas como dedales. Luego nos ofrecen té
a todos, el guía conversa con nuestros anfitriones con gran familiaridad sobre
los asuntos cotidianos en su lengua, y nos despedimos. Fuera de la barda, en
una gran olla al aire libre, la familia cocina cebada para sus sagradas vacas.
Como la leña es escasa y el carbón casi desconocido, el combustible que se usa
en los hogares campesinos es la boñiga del ganado, que los niños y las mujeres
recogen en el campo, ponen a secar al sol y luego almacenan cuidadosamente.
Vamos entonces a la casa de una señora que fabrica cobijas
de lana con ayuda de sus hijos en telares primitivos, y gustosamente nos
muestra su industria. Nuestro emprendedor guía le adelanta dinero y le compra
la producción, la cual utiliza en el hotel, o revende. Me parece que al estilo
tradicional indio, nuestro ex maharajá se siente responsable y vela como un
padre por cada familia, a tiempo que todos lo acogen como jefe con grandes
muestras de respeto.
Entre aldea y aldea hay varios kilómetros, y por el camino
nuestro guía continúa explicándonos muchos aspectos de la cultura india. Nos
dice que la religión les impone 29 mandamientos, de los cuales el más
importante es el respeto a la vida. No debe matarse ni un zancudo, pues la vida
es una sola, y quizá ese zancudo es la reencarnación de un ser querido. De
acuerdo con el “karma” de cada uno, reencarnaremos en formas más avanzadas o
más atrasadas en una próxima vida. Más adelante en nuestro viaje encontraremos
algunos ortodoxos creyentes que van por las calles barriendo suavemente el
suelo con una especie de escoba, para así evitar el riesgo de aplastar una
hormiga u otro “pariente” que inadvertidamente se les cruce en el camino. Y
muchos llevan tapabocas para preservar la vida de seres que vuelen a su
alrededor e inadvertidamente puedan ser inhalados. Con el campero nos acercamos
bastante a manadas de gacelas y antílopes que pastan apaciblemente, a sabiendas
de que su vida no corre peligro entre esta pacífica gente. Vemos también grupos
de pastores nómadas que apacientan tranquilos sus rebaños de ovejas.
En una de las casas visitadas nos presentan un niño de unos
nueve años elegantemente vestido de blanco. Es un chico que se ha casado hace
ocho días con una niña de la aldea vecina. En realidad el matrimonio en el Rajastán
(y en gran parte del Oriente), sigue siendo un contrato o pacto entre familias,
en el que no cuenta el amor ni los caprichos de la juventud. Desde muy
pequeños, y a veces aún antes de nacer, una familia se compromete con otra a
dar su hijo en matrimonio, y los padres de la novia tienen que sudar la gota
trabajando para dar una gran dote, si quieren colocar bien a su hija. El novio
o sus apoderados pueden exigir trajes, joyas, aparatos electrodomésticos,
vajilla, y hasta motocicletas, de acuerdo con su status social y económico. Se
dice que los casamientos infantiles son cada día más raros, pero a nosotros nos
toca la curiosa experiencia de llevar en el campero a nuestro sonriente y
apuesto “recién casado”, quien se parece más bien a mis nietos Felipe o Juan
Sebastián el día de su primera comunión, y quien seguirá viviendo con su
familia hasta tener la edad adecuada para traer a la novia a su casa.
En un claro del campo, cercado por ramas de espino para
defender la cosecha de los animales que pastan en los alrededores, encontramos
un grupo de personas que limpia el grano. Hombres, mujeres y niños ayudan en la
faena trayendo los haces de trigo, avena o cebada, separando el tamo, y
haciendo caer el chorro de grano desde un punto alto, para que el viento se
lleve la cascarilla y al suelo caiga el grano limpio.
Continuando gran parte del día de aldea en aldea, entramos a
varias casas, en una de las cuales nos ofrecen un gran pan o chapati del cual
comemos todos. De cuclillas, las mujeres cocinan en una paila de hierro o cobre
colocada sobre tres piedras y calentada con los famosos panecillos de boñiga
seca, muy parecidos en su forma y color a las arepitas de harina de trigo que
están tostando. En otra casa bajo cuyo alero anidan unos tranquilos pajaritos,
nos ofrecen en platillos diversas clases de los granos o cereales medio
tostados que forman la base de su alimentación vegetariana.
Las mujeres deben mantener el rostro y la cabeza cubiertos
cuando están en presencia de su suegro o de personas mayores. Pero algunas
muchachas nos permiten ver su rostro adornado con aretes en las aletas
perforadas de la nariz, y hasta con cadenitas que van de la nariz a una oreja.
Además llevan muchas pulseras y ajorcas de cobre, bronce o plata en los brazos
y tobillos. En general son altas, delgadas y sonrientes, y con sus coloridos
“saris” y sus ojos pintados, algunas se ven realmente hermosas. Visitamos la
casa de un curandero tuerto, en cuyos poderes mágicos cuando entra en trance,
cree la sencilla gente. El les hace “sanaciones” y ensalmos, y el pueblo se
encarga de mantenerle lleno su granero y su estanque, tal como ocurre en
Colombia con cualquier cura párroco o pastor emprendedor y convincente.
Nuestro rajá anfitrión ha dejado para el final la casa más
rica e interesante. Es grande, tiene un amplio granero, parece de gente
sencilla pero más pudiente, y sus propietarios además de trabajar la tierra
tejen mantas. Allí nos visten con el traje típico de la región, nos dan a
probar tortillas, y nos enseñan cómo se trenza un turbante enrollando alrededor
de la cabeza una larga faja de tela. Una vez vestidos así, nos echan unas
cuantas “bendiciones” y aspersiones con “agua bendita”, lo que interpretamos
con Teresita como nuestro cuarto matrimonio. Al final de la tarde regresamos al
hotel, donde nos espera Krish con su “nave”, listo para emprender el viaje de
290 kilómetros hasta Jaisalmer, la Ciudad Dorada, a donde llegamos esa noche
sin contratiempo alguno.
Continuará...

