Quién dijo que Dios no existe?
Aquí hay muchas iglesias cristianas que tienen gran poder, sobre todo en el Sur, pero el verdadero dios de la gran mayoría de los norteamericanos es el retrato de George Washington o algún otro Presidente en sus verdes y codiciados billetes.
Creo que no es exagerado afirmar que todo ese torrente de automóviles que inunda los miles y miles de millas de las supercarreteras norteamericanas a las horas pico, es una larga, desenfrenada y continua carrera desde o hacia los lugares de culto de esa religión cuyo único mandamiento es conseguir más y más dólares.
La medida del éxito de un norteamericano es su ingreso anual y éste se calibra por el número de cifras. El tema de conversación más frecuente es el dinero, el costo del restaurante que se frecuenta, el cupo de la tarjeta de crédito o las cuotas mensuales de la casa o el automóvil.
Con su típica doble moral, el ciudadano promedio aquí negaría las anteriores afirmaciones y se sentiría ofendido. Seguramente algunos pocos serían la excepción que confirma la regla. Pero un marciano como yo, recién aterrizado en este confortable medio de grandes espacios, enormes centros comerciales, bancos, compañías de seguros, financieras y bolsas de valores, no deja de notar el espíritu del dios dólar dominando todas y cada una de sus instituciones.
La fuerza que mueve este país no es el amor; ni siquiera el sexo. La motivación principal es ganar dinero y gastarlo en compras. Una crisis, una guerra o un desastre natural son la mejor oportunidad para que los fabricantes de armas, los industriales del petróleo, los bancos y los grandes inversionistas multipliquen sus utilidades y engalanen los balances que presentan a los accionistas.
La gente no se pregunta cuanto cuesta una nevera, una casa o un automóvil, sino cuanto vale la cuota mensual de la misma. El mesero vende su sonrisa a cambio de la esperada y obligatoria propina. La chica que sale con un hombre se auto valora en función del dinero que le hace gastar en regalos o en restaurantes. Y obviamente, al cabo de una o dos salidas, tiene que devolverle su inversión en especie. Una dama culta y liberada con la que salí un par de veces, decía con desparpajo: “I am a free woman”. Pero luego corregía: “No, I am not free, I am an expensive woman”.
El resultado del alto consumo obviamente es el desperdicio. Las montañas de basura, las toneladas de chatarra, el combustible que se quema, la comida que se bota, son una vergüenza que se debe ocultar ante los países pobres. El calentamiento global y los problemas ecológicos están en segunda prioridad frente a su necesidad de producir bienes para que la gente los consuma.
Con sus políticas pragmáticas y egoístas, el gobierno de los Estados Unidos no mira sino su propia conveniencia. Nunca olvido lo que decía una pancarta que vi en una gigantesca manifestación anti Bush en Washington: “We are making enemies faster than we can kill them”. Obama parece que trata de cambiar las cosas, pero las fuerzas que lo amarran son muy resistentes y los resultados son apenas aparentes.
Es obvio que en países como Colombia se tiende a imitar el modelo, por lo menos entre los sectores más acomodados. Pero me parece que en nuestras familias hay más preocupación por otros valores. En el trópico dedicamos mucho más tiempo a la amistad y a la familia, por ejemplo.
Hace tiempo que llegué a la conclusión de que el secreto de la felicidad no es tener más bienes sino necesitar menos. Por eso, por andar ligero de equipaje en este mundo, tratando de disfrutar la vida comprando y consumiendo tan sólo lo básico, sin dejarme manipular por los vendedores que tratan de “crearme necesidades”, me siento más rico que cualquier potentado.
Y por eso no compro la tableta electrónica que me propone mi nieta Natalia!
Miami, Mayo 26 de 2011
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