A lo largo de mi vida he tenido muchos amigos, conocidos y compañeros de estudio norteamericanos. Hace unos 10 años, cuando tenía un apartamento en un conjunto para personas mayores en Fort Lauderdale, conocí un vecino nacido en Nueva Jersey y viejo residente de la Florida, educador, bombero y paramédico de profesión, en vísperas de iniciar su vida de pensionado, a quien llamaré Bill por razones de discreción.
Bill estaba terminando una relación de varios años con Lola, un agraciada colombiana en sus cuarentas, apasionada amante y cariñosa compañera que lo dejó marcado de por vida, pues aun hoy, diez años más tarde, dice que no ha podido sobreponerse a su ruptura.
Mi hija Patty y yo nos convertimos en su paño de lágrimas. A diario nos contaba los dolores de su corazón, como un niño cuenta a su madre cuando se raspa una rodilla.
Excelente deportista, nos hicimos buenos compañeros de juegos y caminatas. Despues de jugar tennis por la mañana, ibamos al Senior Center de Sunrise donde jugabamos reñidos partidos de ping pong y algo de pool con Cole, Charlie y otros “muchachos”, por las tardes hacíamos nuestros 18 hoyos de golf y algunos días efectuábamos largas caminatas por los parques locales.
Bill tiene un gran sentido del humor y disfruta haciendo bromas inocentes. Una de sus favoritas era arrojar puñados de monedas de un centavo en el parqueadero de nuestro conjuto. Viejitos pensionados judíos en su mayoría, buscaban ansiosos y recogían a diario las monedas que les caían como maná del cielo, mientras Bill escondido detrás de su puerta reía a carcajadas.
Otras veces, después de que el comandante y sus compañeros de la estación de bomberos de Miami donde trabajaba, hacían el aseo minucioso y botaban a la basura los trastos viejos, Bill se complacía en guardar algunos y ponerlos varias semanas más tarde en el mismo lugar de donde los habían desechado.
Cuando niño trabajó en un teatro de variedades famoso en Nueva Jersey, vendiendo refrescos y haciendo otros oficios menores que le reportaban buenos ingresos, y empezó sus aventuras de navegante en todos los lagos y ríos que se le atravesaban. Hoy en dia cuenta que ha navegado en canoas, kayaks y pequeños veleros en casi un centenar de diferentes cuerpos de agua. El año antepasado hizo cerca de mil millas en una pequeña canoa a lo largo del río Mississippi, durmiendo en cobertizos o al aire libre, sosteniéndose con frutas, un par de barras de granola o chocolate y algún otro suplemento al día, pues él es un fanático de la vida natural y sencilla, y soporta estoicamente toda calase de privaciones.
Después de salir de la Universidad, fue maestro durante varios años y tuvo que soportar la violencia de adolescentes desadaptados en las escuelas de la Florida. Y como es un pacifista convencido, luego de muchas maniobras para evitar ser reclutado para la Guerra de Vietnam, finalmente logró que lo pusieran allá como profesor de Inglés de pilotos vietnamitas para así no tener que empuñar un arma. Merece capítulo aparte su pleito legal con la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, el que finalmente ganó, pues no estuvo sino “un año, dos meses, cinco días y tres horas” prestando servicio.
Hace varios años se compró un pequeño auto convertible en el que viajó durante varios meses por todo el país, visitando amigos y familiares, y durmiendo en lotes de parqueo de supermercados. Ese verano yo estaba en casa de mi hijo Leonardo en Toronto, y allá nos llegó de visita. Buscando afanosamente el contacto con la naturaleza, su plan era evitar las grandes urbes y sus congestiones, de manera que cuando ya iba llegando a esa congestionada ciudad, casi se devuelve. Pero nuestra buena amistad prevaleció y pasamos unos días agradables haciendo turismo, junto con la amiga que me acompañaba en ese viaje.
Bill dice que mi ejemplo lo estimula para escribir y yo lo considero mi “héroe” en muchos aspectos, así que hemos constituido una sociedad de “mutuos y discretos” elogios. En realidad escribe sus experiencias en una forma muy amena e interesante. Es un lector infatigable y participa en un par de Clubes de Lectura aquí en la Florida. Y para ejercitar la memoria se ha aprendido nada menos que “El Cuervo” de Edgar Allan Poe y el “Rubayata” de Omar Khayán.
Hace un par de años me llevó, junto con otra compañera, por un inolvidable recorrido de los vericuetos de la reserva natural de las Everglades, donde apenas vimos otros dos seres humanos, en medio de un escenario de canales, aves y perezosos cocodrilos.
Bill es tan servicial y buen amigo, que hasta me ha recogido en Fort Lauderdale en casa de mi hija, para llevarme a las cuatro de la mañana al aeropuerto, algo que no hace ningún “gringo” común y corriente.
El ultimo toque de humor se lo oí ayer, cuando me contó el epitafio que quiere poner en su tumba: “I TOLD YOU I WASN’T FEELING WELL”. (Yo te dije que no me sentía bien).
Miami, Mayo 21 de 2011
(Día del Juicio Final según algunos estudiosos de la Biblia)
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