Hoy lunes he amanecido en casa de Vlada y Denis, mis queridos anfitriones SERVAS. Vlada terminó su segunda carrera hace dos años, habla Inglés, es muy alegre y es originaria de Moldavia. Denis viene de un pequeño pueblito cerca de los Urales y es mecánico dental (muy oportuno pues ayer se me desprendió una corona). Ella trabaja como asesora de ventas de una empresa de productos para deportes de alto riesgo pero pronto va a cambiar de empleo pues no le gusta el ambiente de su empresa. Se conocieron haciendo alpinismo y siguen haciéndolo. Viven en un pequeño y antiguo apartamento en Staraia Dierevnia (Vieja Aldea), una estación al norte de la ciudad de San Petersburgo, cerca de la cual he visitado un santuario budista. Hace poco Denis vendió su moto con la que han hecho largas correrías y se compró un campero Toyota de los años 80 con doble transmisión que no “levanta” más de 100 km por hora.
Llegamos esta madrugada a las 3:30 am pues salimos de la dacha anoche a las 11:30pm (con plena luz del día) dizque para evitar el tráfico de regreso, pero nos tomó cuatro horas hacer el recorrido de 130 kms. Un tráfico igualito al de Soacha al regreso de cualquier puente. Me he quedado hoy en casa para escribir, lavar la ropa, ir a la peluquería, cambiar dinero, traer mi maleta que tengo en casa de Svetlana y hacer un pequeño mercado. Cambié dinero a 40 rublos por euro.
Alrededor de la estación hay un pequeño mercado popular, un centro comercial, tiendas de toda clase, puestos ambulantes, peluquería, farmacia, kioscos de revistas y de venta de tiquetes para el teatro. Una simpática peluquera llamada Natalia, de lindas y suaves manos, me peluqueó e hizo champú por 300 rublos. Luego almorcé en una cafetería con pollo, papas fritas y café por diez dólares y me comí una copa de helado que me costó otros diez. Esto para dar una idea del costo de la vida.
Vlada y Denis me insistieron en que me quedara en su apartamento otra semana, pues ella se va a un Seminario de trabajo y Denis se queda solo. Ya arreglaron un poco la tubería, de manera que ahora puedo ducharme y usar su PC todo el día (léase Personal Computer y no WC como leyó alguien).
El fin de semana en Priozersk fue espectacular en el mejor sentido de la palabra. Los padres de nuestra anfitriona Polin (la supervegetariana amiga de Vlada) resultaron un encanto. Dimitry es un bombero recién pensionado, tiene un gran sentido del humor, ahora posee un negocio de instalaciones anti incendio y corre en su nueva camioneta Hyundai a 150 kms por hora como si fuera a apagar un incendio. Su esposa Sonia es enfermera de atención primaria, es decir atiende todos aquellos casos que no requieren la presencia de un médico y remite al policlínico los que si lo requieren. Es muy sencilla, amable y buena nadadora.
La primera noche nos quedamos en su dacha, donde vive (en una cabaña separada) el padre de Dmitry, veterano de la II Guerra Mundial, que tiene 87 años. La noche del sábado nos quedamos en otra dacha a cinco kilómetros de la primera y a pocos metros del enorme lago Ladoga, con Polin, su novio Anton, Denis y Vlada, es decir, los “jóvenes”. Esta segunda dacha es de Polin y la construyó su padre con ayuda del abuelo, derribando, aserrando y cepillando ellos mismos los árboles, en solo tres meses, hace ya 18 años, cuando la chica apenas tenía siete. Mis compañeros se alimentan con vegetales y otras yerbas que recogen en el jardín como si fueran conejos. Creo que si me quedo con ellos otros días me van a crecer los incisivos. La dieta era ensalada de repollo, nueces y manzana y como segundo plato ensalada de remolacha y yerbas del jardín, acompañadas de un aromático té hecho con otras yerbas.
Pero en el festival de la Fortaleza Rusa que se celebraba en el pueblo vecino, me desquité comiendome un buen shashlick (o pincho, mejor dicho) con un licor semi fermentado hecho a base de miel de abejas, delicioso. El otro licor suave pero no tan dulce,que ya había probado, fue el kvass, hecho a base de pan fermentado. Entre tantas ventas de suvenires, con vendedores vestidos a la usanza de la época, Polin sacó al mercado sus jabones y vendió UNO, yo me compré una “matrioska” y luego tomé muchas fotos del simulacro de batalla entre rusos y suecos (o polacos) del siglo XIV que atacaban y defendían una fortaleza simulada, con arcabuces, lanzas, alabardas, cotas de malla, y pesados cascos y escudos.
Caminando sobre un piso de yerbas, musgos y liquenes, por entre interminables bosques de pinos y otros árboles que se elevan muy rectos en busca de la escasa luz del invierno, encontramos de pronto el gran lago Ladoga. En sus tibias y refrescantes aguas nos bañamos y me hice bautizar (una vez más) por mis amigos rusos. Tengo que volver por aquí en otra vida…si es que la hay! Busquen por favor el lago Ladoga en sus mapas Google, para que me localicen! Está tan limpio y poco contaminado que aparentemente sus aguas son potables sin tratamiento alguno. Caminé un par de kilómetros por sus playas de suave arena y no encontré sino UNA botella de plástico, que desde luego recogí, para depositarla cuidadosamente en el sitio donde reunen la basura.
Docenas de dachas escondidas en el bosque, muchas familias, señoras gordas, una o dos chicas topless, pequeñas carpas de camping, cielo azul, el enorme lago que más parece un mar, a ratos sereno y a veces con buen oleaje, y también enormes extensiones de playas solitarias para disfrutar por un rato de la naturaleza.
Kakaya krasota (Qué belleza!)
San Petersburgo, Staraia Derevnia, Julio 4 de 2011
Denis y Vlada en el bosque sobre el Lago Ladoga
Poline y su dacha
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