Desde Yugo Zapad, la estación de metro de Alex y Elina, parten las busetas hacia la ciudad de Kaluga, cada hora o cada vez que completan el cupo. Allá vive Osia, hermano de la mamá de Alex, cuyo padre fue un activo comunista cercano a Lenin, con su esposa Galina, una simpática señora que nos recibe con mucha comida y generosa hospitalidad, a pesar de que son gente pobre.
Los padres de Osia fueron fusilados en tiempos de Stalin y el chico internado en un triste orfanato. A los doce años logro escaparse y fue acogido por la madre de Alex, cinco años mayor que él. Estuvo en el ejército, trabajo como obrero en varias fábricas y se volvió técnico en instrumentos de medición. Hace dos años su hijo murió en un accidente de caza. Ahora vive amargado, viejo y enfermo, pero recibe a su sobrina con cariño y sale a pasear con nosotros a pesar de que no puede caminar mucho. Vamos ante todo al museo de Konstantin Tsiolkovsky, el más famoso de los ciudadanos de Kaluga, pero lo encontramos cerrado. Tsiolkovsky fue un maestro de escuela que inició los estudios teórico-prácticos sobre navegación espacial a fines del siglo XIX. Un verdadero pionero cuyo trabajo inspiró a los modernos científicos de la astronáutica. Tengo que contentarme entonces con algunas fotos del enorme monumento que recuerda su memoria, coronado por un busto de Yuri Gagarin y situado en una gran terraza sobre el río Oka.
Kaluga esta situada a 200 kilómetros al suroeste de Moscú y fue la ruta que busco Napoleón para escaparse de la “trampa” en 1812, pero el astuto general Kutuzov lo acosó y lo obligó a tomar una ruta devastada y sin recursos. En 1941 estuvo ocupada por los nazis y ahora se ve muy atrasada, con calles rotas y edificios arruinados, a pesar de que recientemente se han establecido allí algunas fábricas de automóviles, entre otras una de Volkswagen. Su calle principal lleva el nombre de Kirov, un antiguo líder comunista a quien Stalin vio como rival, lo hizo asesinar y luego utilizo su muerte como pretexto para iniciar sus sangrientas purgas.
Así que después de un abundante desayuno y sin visitar ningún museo, salimos al día siguiente para Tula, a 100 kilómetros de distancia, en un destartalado bus que hace muchas paradas, por una carretera mal pavimentada y llena de baches, como en cualquier país subdesarrollado.
En Tula encontramos el Hotel Historia en el barrio del Proletariado, algo alejado de la estación, pero recién renovado, muy limpio, bien decorado, con Internet, piscina, sauna y excelente desayuno incluídos, por un precio muy económico. El desayuno consta de kasha, yogurt, tortilla, jamón, salchichas, varias clases de pan y pasteles, mantequilla, ensalada, té o café, jugo y una bebida dulce que llaman “compota”.
El Kremlin de la ciudad es pequeño, tiene forma rectangular, en su centro se levanta la consabida catedral y a un lado un edificio donde funciona un museo de armas bastante completo, pero no muy atractivas para Matías el Caminante. En su parte exterior se halla el Museo de los Samovares, ese infaltable aparato que mantiene el té caliente mediante carbones, piedras, o mejor, conos de pino ardientes, que le dan un sabor aun más aromático a la tradicional bebida. Hay samovares de todas las formas y tamaños en este museo, y a la salida venden una gran variedad de modelos de los mismos para la casa o para conservar como souvenirs.
El otro atractivo de la ciudad es el Parque Belousova, uno de los más grandes de Rusia y quizá de Europa. En un bosque de no se cuantos centenares de hectáreas han construido extensas pistas de esquí, ciclo montañismo y senderos para cabalgatas y caminatas, campos deportivos, jardines de juegos infantiles, parque de diversiones, un club de ajedrez y hasta una playa sobre un lago. En la avenida que conduce a su entrada principal, se levanta una gran estatua del más ilustre hijo de esta ciudad, el Conde León Tolstoi, rodeada de placas de granito en las que están grabadas muchas de sus enseñanzas.
A solo 16 kilómetros del centro de Tula, se encuentra la casa de campo y los terrenos de la finca Yasnaya Poliana, donde nació Tolstoi el 9 de Septiembre de 1828. Un bus local nos deja a la entrada, a un kilómetro de la cual se encuentra la aldea donde vivían sus siervos, y la mansión misma, rodeada de bosques, huertos de manzanos y otros frutales, con ventas de souvenirs, restaurantes, facilidades para los visitantes y hasta un instituto para enseñanza de la lengua Rusa.
Visitamos la casa de huéspedes, la de los trabajadores, los establos y un invernadero, antes de entrar a la casa donde nació y vivió el insigne escritor, que en su edad madura tuvo una fuerte crisis espiritual que lo convirtió en un moralista, asceta y reformador social. Provistos de cubiertas de plástico para el calzado y guiados por una señora que habla en tono muy bajo y a gran velocidad, visito las dependencias de la sencilla mansión, incluso la habitación con la cama en la cual nació, sus gabinetes de trabajo, su biblioteca y las habitaciones de su esposa Sofía Andrievna, con quien tuvo 13 hijos, de los cuales se criaron ocho.
La guía nos cuenta aspectos de su vida, entre otros un viaje a Francia donde vio la ejecución de un reo que le impresiono toda la vida, sus ideas liberales que lo condujeron a tratar con consideración a sus siervos y a crear en la región una serie de escuelas para ellos, la persecución de la policía zarista por este motivo, la muerte de su hermano Nikolai que también lo traumatizó pues eran muy unidos, y la excomunión de la conservadora iglesia Ortodoxa, por la cual no quiso que le colocaran ni siquiera una cruz en su tumba. Su crisis espiritual lo llevó al final de su vida a un amargo enfrentamiento con su esposa, pues decidió renunciar a todos sus bienes terrenales y abandonó su mansión en secreto. Víctima de una neumonía, murió en una estación del ferrocarril, en medio de la angustia de familiares, amigos y médicos que no pudieron hacer nada para salvarle vida.
Su tumba es uno de los lugares más impresionantes de mi visita. En medio del bosque, sin monumento alguno, en respetuoso silencio, la gente observa un simple túmulo cubierto de hierba y algunas flores, que cubre los restos del famoso escritor de La Guerra y la Paz y de Ana Karenina. El quiso ser enterrado en un sitio del bosque donde se encontrara el “mágico palito que tenía inscritas las palabras de sabiduría que podrían salvar el mundo”, según un mito que le inventó su hermano Nikolai.
Como es el retorno a la ciudad del fin de semana, no conseguimos pasaje en el tren expreso y nos toca hacerlo en una “elektrishka” o tren de cercanías, que hace muchas paradas y tarda cuatro horas hasta Moscú.
Nos queda un día para hacer algunas pequeñas compras y despedirnos de todos los amigos, y después de una terrible madrugada para acompañar a Cata a las dos y media de la mañana al aeropuerto Domoedovo, de donde sale para París, retorno a la ciudad para cerrar mis maletas.
Se termina el mes de Agosto, los días son cada vez menos largos y la temperatura baja en la noche y en la madrugada. Las hermosas chicas moscovitas empiezan a cubrirse. Ya no se ven esas atractivas minifaldas, escotes y vestidos transparentes.
Habiendo visto entonces todo lo que había que ver… es hora de emprender el regreso a casa!
Moscú, Agosto 31 de 2011
Con Osia, el tío de Alex, en el Museo del Cosmos. Kaluga.
Museo de los Samovares en Tula.
La hermosa y simple tumba de Tolstoi.