Monday, 25 November 2013

Canadá a cuatro manos - Parte 3

La Independencia de Quebec

En este ocupado viaje no tuvimos la oportunidad de visitar la ciudad de Quebec, fundada por Champlain en 1608 sobre el río San Lorenzo, poderosa vía por la que desagua el lago Ontario en el Atlántico y por la cual entró la cultura europea a estas tierras. Ya la visitaremos en un próximo viaje e iremos a avistar las ballenas!

Entre 1754 y 1763 se enfrentaron franceses y británicos por la supremacía en Norteamérica, como parte de la Guerra de los Siete Años que se desarrollaba en Europa. La contienda se inició con claro predominio francés, pero el resultado final fue la conquista del Canadá por parte de la Gran Bretaña. En las afueras de Quebec, la batalla de los Planos de Abraham que duró solamente media hora y en la cual perdieron la vida los generales de los dos bandos, Wolfe y Montcalm, prácticamente decidió la guerra a favor de los británicos, pero los quebequenses aún no lo olvidan y siguen sintiéndose “franceses”. Tanto que todas las placas de los vehículos en Quebec llevan el lema “Je me souviens” (“Yo me acuerdo”). Para evitar conflictos, los británicos aprobaron el Acta de Quebec de 1774, la cual amplió el territorio de Quebec, restableció el idioma francés, la religión católica y el derecho civil francés.

En 1783 Gran Bretaña reconoció la independencia de los Estados Unidos y le cedió los territorios al sur de los Grandes Lagos. Alrededor de 50.000 partidarios de la ocupación inglesa huyeron de los Estados Unidos a Canadá. Con este cambio, Nuevo Brunswick se separó de Nueva Escocia para reorganizar los asentamientos de los partidarios ingleses en las provincias marítimas. Para acomodar a los inmigrantes de habla inglesa en Quebec, la Ley constitucional de 1791 dividió la provincia en Canadá Inferior, francófona (más tarde la Provincia de Quebec) y Canadá Superior, de habla inglesa (más tarde Ontario), concediendo a cada una el derecho de elegir su propia Asamblea Legislativa.

Quebec experimentó profundos cambios sociales y económicos a través de la Revolución Tranquila, que dieron lugar al nacimiento de un movimiento nacionalista y de un partido más radical llamado Frente de Liberación de Quebec (FLQ). En 1980 se celebró un fallido referéndum sobre la soberanía/asociación de la Provincia. En 1990 hubo también intentos de realizar una enmienda constitucional, seguidos por un segundo referéndum en 1995, en el que la soberanía fue rechazada por el apretado “score” de 50,6% en contra y 49,4% a favor.

Según dicen Lucille y otros amigos quebequenses, el pleito está congelado por ahora; pero la rivalidad con la vecina provincia de Ontario es evidente, e insisten en hablar solamente francés y en  seguir sus tradiciones europeas. Los ontarienses, por su lado, no prestan mayor interés a esa rivalidad, y simplemente piensan que Quebec como país no es económicamente viable.

Montreal

El tiquete Greyhound de Toronto a Montreal dice 11.30 a.m. con parada y transbordo en Ottawa. Llegamos muy puntuales después de haber corrido, no caminado, unas cuadras hasta la pequeña pero eficiente terminal del bus de Toronto. Un empleado revisa los tiquetes cuidadosamente, desde nuestros asientos, sin necesidad de hacer fila, todo en perfecto orden, al estilo canadiense!

Recorremos primero una autopista de seis carriles en cada sentido, recta y con mucha vegetación a lado y lado. Luego de hora y media entramos a una carretera secundaria, hermosa, con grandes árboles, ríos, lagos, casas campestres, que atraviesa una región agrícola y ganadera con muchos silos y graneros. A medida que avanzamos hacia el norte, el clima se enfría un poco y los árboles cambian de color: tal parece que aquí empieza primero el otoño.

La terminal de Ottawa es pequeña, mucho más pequeña que la de Girardot, pero con excelente organización. Por unos minutos perdemos el bus que nos llevará a Montreal, así que tenemos que esperar una hora, la cual aprovechamos como nuestra primera “clase gratis de Francés”, hablando con una señora canadiense que también viaja a Montreal a visitar a sus nietos.

Con algo de lluvia y bruma nos recibe esa noche el centro de Montreal, donde tomamos un Metro bastante ruidoso hasta la estación Pie IX, cercana a la casa de Lucille.


Lucille vive a pocas cuadras de la Villa Olímpica, el Biodomo y el Jardín Botánico, tres de las mejores atracciones de esta ciudad universitaria, capital del jazz, las artes y los buenos restaurantes, en la que se respira cierto aire europeo y se nota un predominio cada vez mayor del idioma francés.

Ella nos recibió con la cordialidad de siempre y nos dejó las llaves de su casa, pues al día siguiente salía con su amigo Gilles a una excursión.

Su casa antigua y grande está llena de recuerdos, cuadros, fotos, dibujos de los nietos, plantas, una huerta y un sótano. En el piso de la cocina está la puerta que conduce al sótano, donde está la ducha. Al bajar me pegaba en la cabeza y al subir en la espalda; era toda una aventura para mí la bañada.

Lucille es una mujer descomplicada y alegre; rubia y de ojos claros, siempre sonriente, a quien le gusta cantar, se lo pasa tarareando canciones y nos abrió su casa y su corazón muy espontáneamente. Nos dio la bienvenida con una sopa de zanahoria que seguramente hizo con mucho cariño pero que a mí no me gusta. Yo miraba a OMA pidiéndole auxilio y me decía, como haré para tomarme esto? Apenas la probé.

“Hochelaga” nombre indígena y uno de los primeros que tuvo Montreal, es ahora el nombre de este tranquilo barrio de Lucille, donde la gente se saluda al pasar, y los vecinos se conocen como en cualquier pueblo pequeño. Hay un vistoso e inmaculado mercado de verduras, carnes, panadería, frutas y pescado. Un vendedor de origen Italiano, nos conversa muy amenamente en español, con gran entonación nos canta “bésame, bésame mucho…” y nosotros le hacemos coro, mientras la gente nos mira sonriente como diciendo: de dónde serán esos locos?

Visitamos la biblioteca del barrio, ubicada en un edificio antiguo con una arquitectura muy francesa, y en sus estanterías encontramos algunos libros de nuestro Nobel de literatura.


En 1605 el explorador francés Samuel de Champlain, invitado por los indios Hochelagas, subió al Mont Royal, a cuyos pies fundó lo que es hoy la ciudad de Montreal, el primer asentamiento europeo permanente de la región. Nosotros también subimos con Sarita a contemplar el panorama de la ciudad, que respira el oxígeno de este hermoso parque pulmón, concurrido por deportistas y amantes de la naturaleza. Allá conocemos a Alberto Matamoros, un culto uniandino ejecutivo de Bayer que en estos días dirige la producción de un comercial en escenarios canadienses.

Antes de recorrer el parque y tomarnos fotos con sus esculturas y su Lago de los Castores, subimos al mirador del Oratorio de San José, un famoso lugar de peregrinación para los católicos, desde donde gozamos de una excelente vista de la ciudad, al mismo tiempo que observamos la ingenua e inconmovible fe de quienes suben de rodillas por sus empinadas escaleras en busca de favores del cielo para resolver sus penas, al igual que en Monserrate.

Con Sarita recorrimos la céntrica calle Sherbrooke, sede de elegantes tiendas, restaurantes y hoteles, la famosa universidad de McGill, la casa ALCAN, empresa en cuya fábrica de Cali trabajé unos años y la Galería de Arte, entre otras.

Sobre la calle Sherbrooke está el Museo de Bellas Artes, que se desborda sobre la calle vecina  en un  armonioso parque de esculturas, entre ellas una de los Burgueses de Calais, de Rodin. Una guía nos explica en Inglés cada una de las esculturas de bronce de artistas modernos no muy conocidos para nosotros.

Dentro del extenso edificio además de admirar numerosos cuadros de pintores famosos, no puedo dejar de mencionar las bellas y armoniosas cerámicas azules de Picasso ”Las Cabras”, que me dejaron absolutamente extasiada.


El moderno centro Desjardins con su vecina Plaza de las Artes merece (y seguramente ha ganado) un premio de Arquitectura y Urbanismo. A nivel de la calle ofrece restaurantes, espacios abiertos, fuentes y teatros. El piso subterráneo conecta el lujoso centro comercial con teatros, almacenes, plaza de comidas y toda clase de facilidades para los visitantes. La atractiva oferta cultural de conciertos, ópera, música y teatro hace las delicias de propios y extraños. Qué lástima no tener más tiempo y dinero para quedarnos a alguno de sus festivales!

Otro recorrido interesante fue la calle de Sainte Catherine, comercial y universitaria hacia el oeste, bohemia y pecadora hacia el este. Como para escoger!

Nosotros escogimos más bien el vecino “barrio chino”, una curiosa amalgama de tiendas, restaurantes, farmacias y viviendas que albergan por lo menos un millar de orientales, principalmente chinos. Allá se consigue toda clase de productos típicos, así como auténtica comida china, vietnamita o camboyana que comemos con palitos.

El Viejo Montreal

Cruzando la ciudad china hacia el sur, se llega al Viejo Montreal, en el cual se encuentra la catedral de Notre Dame, el Palacio de Justicia y otros edificios de gobierno. Su antiguo mercado de Bon Secours, convertido ahora en una galería de elegantes y costosas boutiques, se levanta frente al puerto sobre el río San Lorenzo. La empedrada calle de Saint Paul, adornada con grandes macetas de flores, nos recuerda la calle Caliente de Villa de Leyva, con sus innumerables tiendas de souvenirs, restaurantes y curiosidades.

En el Viejo Montreal respiramos historia y cultura. Nuestra primera visita fue al Château Ramesay, una edificación netamente francesa construida en 1705, que cuenta la historia de Montreal, sus primeros habitantes y su desarrollo cultural y económico. Chicas muy educadas y vestidas al estilo de la época dirigen el recorrido por esta mansión tan bien conservada, y al final nos invitan a conocer el jardín, que es más bien una huerta con gran variedad de verduras y hortalizas.

Paseamos y almorzamos en la pintoresca plaza Jacques Cartier, contigua al Chateau y adornada con grandes materas cubiertas de flores vistosas. Varios restaurantes con mesitas en la calle y parasoles le dan un ambiente muy francés, muy chic, muy agradable. A la derecha está la Rue des Artistes, donde los pintores exponen sus obras, entre los que vimos un retratista muy bueno.

El viento soplaba mientras caminábamos por el muelle, las gaviotas hacían sus piruetas aéreas, hacía algo de frío. Por la Rue Sant Paul, mi corazón latía de emoción; sus calles adoquinadas, flores en las ventanas y lujosos almacenes me recordaban nuestra querida Cartagena. Terminamos el día con un café en la Plaza de Artes, donde tomamos el Metro de regreso a casa.


Botte de Foin

La Botte de Foin es una casa de vacaciones manejada en forma cooperativa por voluntarios desde hace muchos años, en un pueblito llamado Bromont Cowansville, muy cerca de la frontera con los Estados Unidos.

Con 13 grados de temperatura partimos para pasar un día de campo en la Botte de Foin, invitados por Lucille y su amiga Yolanda. Al cruzar el puente Jacques Cartier, Lucille comenta que ellos, a mucho honor, no tienen una sino cuatro Torres Eiffel, las cuales adornan bellamente el puente sobre el caudaloso río San Lorenzo, en el que ese día navegan numerosos barquitos de vela.

Vamos por una carretera diferente a las que he visto hasta el momento. Hay sembrados de soya y de maíz; a mi izquierda diviso una montaña, la primera que veo. El paisaje es hermoso, casas de campo, bosquecitos… pinos y abundantes arces (maples) cuya hoja es el emblema del Canadá; el verde claro se junta con el verde oscuro y se funde con el azul del cielo infinito, produciendo un efecto inimaginable.


La casa cuenta con baños y habitaciones amobladas para alojar hasta 20 personas, equipo completo de comedor y cocina, juegos, esquíes y elementos deportivos. Cada socio hace una pequeña contribución para el sostenimiento, lleva algo de comida, y todos ayudamos a dejar la casa, sus elementos y alrededores en perfecto estado de orden y aseo. Pasamos así un día entero de juegos, comida y diversiones, cantamos, conocemos mucha gente, y luego de regreso a Montreal, Lucille y Yolanda nos llevan a través de pueblitos pequeños y encantadores.

Beatriz Torres, una chica de Darién, nos recibe con gran simpatía. A ella le mataron un hermano en el Valle, está muy resentida y no quiere saber nada de Colombia. Yo le dije que la situación del país ha cambiado, que el gobierno está haciendo grandes esfuerzos por conseguir la paz y lo está logrando. Espero haberle cambiado la imagen que tiene de la patria, pues me duele pensar que los emigrantes olviden la tierra que los vio nacer.

El Jardín Botánico y el Biodomo

Dos días, uno de ellos muy frío, nos tomó la visita al Jardín Botánico, y eso que no subimos a la vecina Torre Inclinada que domina el estadio y desde la cual se tiene una vista espectacular de la ciudad.

Allí se efectuaba una exposición titulada Mosaïculture, formada por esculturas hechas de pequeñas plantas sobre armazones de hierro y alambre, que representaban diferentes temas o escenas escogidas por la veintena de países participantes. Un gigantesco arreglo muestra a la Madre Tierra - la Pacha Mama - saliendo de un lago y dando origen a la tierra, las aves y los animales terrestres y acuáticos. Otro se inspira en la obra del francés Jean Giono “El Hombre que Plantaba Arboles” y uno más en la historia china de la niña que amaba las grullas y murió ahogada cuando trataba de auxiliar a una grulla herida.

Otro arreglo es el enorme Arbol de los Pájaros, cuyas ramas están pobladas por artísticas figuras de toda clase de aves, formadas por plantas de diversos colores y texturas. Según nos explicó un guía, duraron cuatro años preparando la exposición, los materiales fueron transportados en enormes furgones y después de unos pocos meses de admiración del público, la exposición se desmonta dentro de tres días pues comienza el otoño, las plantas se mueren y los hermosos arreglos se van para la planta de compostaje.

El Jardín Botánico, fundado en 1931, es uno de los más hermosos del mundo, como lo comprobamos ensimismados apreciando sus diversas secciones y jardines, además de ésta magnífica exposición. Las entradas nos costaron 82 dólares canadienses, más un sánduche de 20 dólares que fue nuestro almuerzo, como quien dice doscientos mil pesos colombianos…!!! Pero bien valió la pena pagarlos. Más tarde, en el pabellón chino, escuchamos emocionados a una pequeña y simpática chinita, que con voz angelical cantó melodiosas canciones de su tierra, acompañada por un shamizén, instrumento parecido al arpa.

El cercano Biodomo es un museo vivo de Historia Natural, que muestra diversos animales en hábitats cuidadosamente reproducidos. Hay pingüinos que pasean sobre sus heladas rocas, nutrias y focas que nadan frente a los visitantes, aves y monos en una selva tropical, además de toda clase de insectos, mamíferos y aves disecadas y reconstruidas por los taxidermistas.

Ya de salida nos acercamos a un pingüino que nos miraba de manera singular; OMA con sus ocurrencias alzó los brazos y simuló su aleteo, gesto que el pingüino respondió, como una forma de saludo canadiense a un par de turistas colombianos.

Para cerrar la jornada asistimos con Lucille a “La noche de las Linternas”, en el pabellón chino del Jardín Botánico. Estampas representativas de la China, confeccionadas en una tela resistente al calor, nos deleitaron con su iluminación y creatividad. A medida que caía la noche y la luna hacía su aparición, los faroles nos alumbraban el camino con más intensidad y nosotros disfrutábamos emocionados.

Esa noche cenamos escuchando música cubana, la preferida de Lucille, y hasta bailamos un son cubano muy  acompasado y muertas de risa.


A tres cuadras de su casa, Lucille tiene un lote en el huerto comunitario, en el que cultiva tomates, pepinos y demás legumbres para su consumo y para regalar a sus amigos. Como comienza el otoño, lo que no alcanzó a madurar ya no madura, así que es necesario arrancar las plantas que quedan, aprovechar lo que sirve y enviar a compostaje el material restante. Además hay que entregar el lote limpio y desyerbado, tarea en la que le ayudo con entusiasmo, tanto para hacer ejercicio como para la foto y para conocer el funcionamiento de esta interesante experiencia comunitaria. Un supervisor voluntario guarda las herramientas que devolvemos limpias y se asegura de que la huerta funcione armónicamente, para provecho de más de un centenar de familias usuarias.

El Mont-Tremblant y sus alrededores

Ciento cincuenta kilómetros al norte de Montreal se encuentra el Parque Nacional de Mont-Tremblant, el más grande y antiguo de los 25 parques nacionales que la provincia de Quebec mantiene con el mayor cuidado, para que la gente disfrute de la naturaleza y efectúe toda clase de actividades tanto de verano como de invierno.

Durante una semana disfrutamos del apartamento que Leo y Pax han reservado en uno de los muchos resorts de la zona – el Club Privilege – que ofrecen albergue de primera clase a los turistas. Al sur del parque mismo, una serie de pequeñas aldeas comunicadas por pintorescas carreteras y bordeadas de lagos, salpican la región con sus casitas coloridas como de Walt Disney.

 



La villa de Mont-Tremblant.




Caminatas en Mont-Tremblant.

Numerosos campos de golf, restaurantes de todos los precios (caros, más caros y mucho más caros), pistas de ski con sus cables funiculares, senderos en medio de los bosques, un emocionante autódromo, bares, albergues, hoteles y lujosas casas de campo, son el menú de que disponemos para esta semana.

La vista desde nuestra habitación es preciosa; un majestuoso lago bordeado de pinos, grandes y frondosos abetos que empiezan a cambiar de color, producen en mi alma paz y tranquilidad. Tanta naturaleza junta, tantos verdes, amarillos, ocres y bermellones extendidos, tantos lagos y  montañas, hacen del paisaje un verdadero cuadro de Monet.

 


Una vista inolvidable del Lac Monroe en el Parque Nacional de Mont-Tremblant.


Relax en el Parque Nacional Mont-Tremblant.

Hubo tiempo para el deporte, para las caminatas por el Parque Natural disfrutando el sol y la suave brisa que roza nuestra piel; nos divertimos viendo los venados que tranquilos se dejaban fotografiar, lo mismo un castor que trabajaba con mucha seriedad… y las simpáticas ardillas que se encuentran por todas partes.

Con remos y chalecos salvavidas bajamos al lago frente a nuestro hotel. El día estaba radiante, la temperatura ideal para pasearnos en canoa, muy románticamente, por esas aguas tranquilas. Yo entusiasmada apreciaba el paisaje mientras remábamos hasta el centro del lago... y adivinen qué pasó? Cuando me estaba bajando de la canoa perdí el equilibrio y al agua patos!!! Que susto! Menos mal que OMA me tranquilizó y que estábamos a solo un metro y medio de la orilla. Salimos empantanados y sucios pero muertos de la risa.

 


Venaditos al lado de la carretera.



Disfrutando el Lago Moore antes de la zambullida.

Huberdeau

Entre las muchas aldeas y pueblitos que salpican la región, una tarde fuimos a dar a Huberdeau, donde vive Marie-Claude Larrivee, simpática “quebecoise” dueña de un atractivo negocio de jugos y helados, a quien conocimos en un supermercado y ahí mismo nos invitó a su casa. Nos paseó por su pequeño pueblo, nos llevó al vecino río Rouge y con ella jugamos gratis en las excelentes canchas de tenis de su pueblo, que nadie hasta ahora había utilizado.

Después de una activa tarde deportiva, nuestra amiga nos invitó también a cenar, le ayudamos a preparar la comida, y junto con su hijo Loics pasamos una velada muy agradable. Realmente, el mundo está lleno de gente amplia y generosa! Ojalá podamos devolverle la atención algún día!

 


Pax disfruta la paz del Riviere Rouge (Río Rojo).

Con Marie-Claude después del partido de tenis en Huberdeau.

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