Friday, 27 February 2015

La mística y misteriosa India - Parte 2


El colorido Rajastán
De tanto en tanto nos detenemos para descansar y tomar fotos, o bien, para admirar algo novedoso como el colorido ropaje y los adornos de las mujeres rajastanas. En una de esas paradas conocemos al industrial mexicano Jaime Fernández quien hace con su familia en otro auto el mismo recorrido nuestro. Por fin llegamos aquel día a la ciudad de Jaipur donde pasaremos esa noche de Navidad en este país no cristiano pero cuna de las grandes religiones. Jaipur es una ciudad de Fuertes y murallas, cuyo tráfico de bicicletas, rickshaws, motos y automóviles nos ensordece y confunde. Nos instalamos en un hotel que se llama Ashok, (como cosa rara), y Krish nos deja en la Ciudad Antigua, cuyas angostas y sucias callejuelas con pequeños comercios y talleres nos parecen pintorescas. 

Manak Chand Singhiri, un viejito “jain”, se nos une y nos acompaña a visitar un templo hindú dedicado a Shiva, donde una ruidosa campana acompaña los rezos de los piadosos creyentes que veneran la estatua de un toro. Conversamos también con el profesor M.S.Sagare, director del College de Maharashtra, quien nos lleva a la tienda de telas de un amigo. Allá en la trastienda nos ofrecen té y el charlatán profesor Sagare me “lee la mano” en ese inglés de acento indio que resulta tan difícil de entender a veces. Luego se nos une Bandi, un chico que habla algo de español, y otros amigos, con quienes recorremos las calles centrales de la ciudad, visitamos otro templo hindú, comercios callejeros, un mercado de flores y una tienda de té, en medio del animado tráfico y de las vacas sagradas que se pasean parsimoniosamente por doquier.  

En todo el país vemos las vacas sin dueño que deambulan por las calles, comen el alimento que la gente les ofrece, y reciben el saludo respetuoso de los creyentes, algunos de los cuales inclusive beben su orina. Pero hay toros que trabajan como animales de tiro, y vacas que son cuidadas y ordeñadas a diario por sus dueños. En efecto, durante las grandes hambrunas del pasado, poseer una vaca y contar con un poco de leche era una gran fortuna para una familia pobre. Quizá por eso a algún gobernante o reformador religioso se le ocurrió declararlas sagradas y así evitar que se las comieran. 

En el lobby del hotel nos despedimos de nuestra espontánea y entusiasta “escolta”, y allí pasamos esa Nochebuena de 1992, disfrutando de una cena-buffet, un espectáculo de danzas folclóricas, marionetas, rifas y concursos. En una gran mesa en el centro del comedor, un grupo de extranjeros cena con niños indios, sus hijos adoptivos a quienes han traído por primera vez para que conozcan su país de origen. 

El día de Pascua vamos con nuestro guía local Sangram al Fuerte Ambar, una ciudad amurallada erigida en lo alto de una montaña, que parece como de cuento. Allá nos encontramos con los mexicanos Fernández, Jaime, Oscar y Julieta. En diferentes elefantes subimos hasta el Fuerte, y Teresita grita de felicidad, y de “rabia” porque no le tocó el elefante más grande. Sangram nos espera arriba y nos muestra sus dependencias: la sala de las audiencias públicas donde el rajá oía las quejas del pueblo y hacía justicia; el templo de la misteriosa diosa Kali alrededor del cual se pasean como dueños los sagrados monos; los lujosos palacios de las Concubinas, de la esposa turca, de la cristiana, de la hindú y de otras tantas; el fresco palacio de verano y el abrigado palacio de invierno; la muralla que rodeaba la ciudad, cuyas almenas y miradores dominan el valle allá abajo; la sala de los espejos, los baños, etc. Qué buena vida se daba el rajá, a costa de los impuestos y el trabajo de sus súbditos! 

Al regresar a la ciudad el guía nos lleva a la inevitable fábrica de tapetes y al consabido centro de artesanías. Luego recorremos la parte abierta al público del City Palace, residencia del Maharajá, en cuya torre ondea su bandera cuando él está en la ciudad (... y hoy ondea), pero no nos invita a tomar onces! En cambio visitamos su mezquita privada y el vecino museo de textiles, admiramos la decorada puerta del Pavo Real y la puerta de la Victoria, vemos sus uniformados guardias, y conocemos los enormes jarrones de plata en los que un Maharajá anterior llevó agua del río Ganges en su viaje a Inglaterra, pues por motivos religiosos no podía beber ni bañarse con agua de otro origen. Sangram termina mostrándonos el Observatorio de Jehangir, el estudioso emperador mogul que era muy aficionado a la astronomía e hizo levantar una serie de relojes de sol muy exactos, así como otras construcciones adecuadas para predecir eclipses, observar estrellas y estudiar la marcha de los astros. 

Almorzamos en el restaurante Niros, cuya higiene es apenas aceptable, y continuamos recorriendo las calles centrales de Jaipur, seguidos de mendigos y de vendedores más insistentes que un “lotero” bogotano. Hay peluqueros callejeros que sientan a sus clientes sobre un trapo en el suelo y hasta me parece que mojan la brocha con su propia saliva. Teresita le hace poner tapas a sus zapatos, pero las “tapas” no le duran sino dos cuadras y yo me compro un sweater ordinario pero de bonito color pues por la noche hace algo de frío. Encontramos cerrado el museo Albert Hall, pero nos distraemos en su patio conversando con un grupo de niñas estudiantes de una escuela técnica. Tomamos un rickshaw cuyo conductor no habla inglés, y cuando trata de llevarnos hacia los extramuros nos asustamos, nos lanzamos a tierra desde su vehículo en movimiento y regresamos a pie al centro, atravesando las más sucias calles de la Ciudad Antigua.  

Al final de la tarde salimos en el auto con Krish hasta el hotel Rambagh Palace, de lujo, tamaño y colonial arquitectura deslumbrantes. Disfrutamos de un coctel en su bar Polo, decorado con el más refinado gusto británico, después de lo cual regresamos a nuestro hotel y despedimos a nuestro conductor pues está cansado, los disturbios siguen, hay toque de queda en el barrio donde vive su primo y mañana temprano tenemos que continuar viaje hacia Jodhpur. 

 Jodhpur 
El sábado 26 desayunamos con frutas y emprendemos camino a las siete de la mañana. Nos encontramos con los amigos Fernández y con una larga caravana militar, y a las dos de la tarde entramos a Jodhpur, ciudad de 500.000 habitantes y centro productor de lana que fue sede de otro Rajá. Nos alojamos en el Bahwan Ajit, hotel construido en forma de cabañas típicas por un culto tío del Rajá, antiguo terrateniente y miembro del Congreso hoy convertido en emprendedor hotelero por la fuerza de las circunstancias. Nos asignan la cabaña del Alfarero, decorada rústicamente con motivos producidos por alfareros locales. En la cabaña vecina se aloja un general del ejército que viaja en Mercedes Benz con su familia y algo de séquito, a quien hemos venido encontrando a lo largo del recorrido, y que según nos informan es el propio Secretario de Defensa de la India. 

Hacemos la gira de la ciudad de Jodhpur con nuestro guía local Tatkat, quien habla buen inglés y parece bien informado. Primero nos lleva al impresionante Fuerte que queda en lo alto de una colina, cuyas sólidas puertas muestran aún las cicatrices de las balas de cañón y están provistas de afiladas púas usadas en la antigüedad para evitar que los elefantes las derribaran, y desde cuyas amplias rampas los cañones “defienden” la ciudad. Dentro del palacio, el museo del Maharajá despliega cunas, armas, vestidos antiguos, pinturas, palanquines y sillas de elefantes. En seguida vamos al Jaswant Thanda, una hermosa tumba erigida a la orilla de una laguna por la viuda del Maharajá Jaswant Singh II en memoria de su esposo, y considerada por muchos como un pequeño “Taj Mahalito”. Recorremos el centro de la ciudad, pasamos por el parque o Jardín Público, y visitamos el mercado Sinegar, cuya Torre del Reloj domina toda clase de tiendas de los más variados artículos. Teresita se divierte comprando telas estampadas que le servirán de manteles, cubrelechos y regalos para sus amigas. 

Luego vamos al Umadian Palace Hotel, un verdadero palacio real, construido con todo lujo ya en vísperas de la caída del dominio británico y de sus protegidos rajaes. Por sólo US$50 tomamos una opípara cena buffet con vinos y cocteles en medio de su refinado ambiente. Hacemos pequeñas compras en sus tiendas y boutiques, y regresamos en rickshaw a nuestro hotel, pues Krish se ha ido a descansar después de llevarnos al Umadian. 

Definitivamente nuestro maharajá hotelero sabe explotar las tradiciones de la región y le da un ambiente muy típico al hotel donde nos alojamos. El desayuno en mesa redonda alrededor de una fogata en el patio del hotel, es sencillo, nutritivo y pleno de atmósfera. Llenos de curiosidad salimos con él mismo a un Safari en campero por aldeas campesinas de la región que antiguamente fue su latifundio, con una pareja francesa y otra de Bombay. Nos dice que somos sus huéspedes, que la tarifa de la excursión cubre toda la jornada y que no debemos dar propinas pues él tiene todo arreglado para que las familias que vamos a visitar sean nuestros anfitriones. Para empezar nos detenemos al lado de un canal bajo un árbol del que cuelgan centenares de vampiros y desde donde comienza a mostrarnos con orgullo y algo de nostalgia sus antiguas propiedades.  

La primera casa que visitamos tiene la zona del frente encerrada por una especie de barda baja en bahareque para entrar a la cual debemos quitarnos los zapatos, pues aunque el piso es en tierra la mantienen inmaculadamente limpia. Nos sentamos en el suelo sobre humildes tapetes, el jefe de la casa hace traer una infusión de opio, vierte un poco en la palma de su callosa mano, y de la propia mano bebe un sorbo nuestro guía, en señal de amistad y respeto. Los visitantes “más valientes” bebemos también un poco de ese opio que nos sirven en tacitas pequeñas como dedales. Luego nos ofrecen té a todos, el guía conversa con nuestros anfitriones con gran familiaridad sobre los asuntos cotidianos en su lengua, y nos despedimos. Fuera de la barda, en una gran olla al aire libre, la familia cocina cebada para sus sagradas vacas. Como la leña es escasa y el carbón casi desconocido, el combustible que se usa en los hogares campesinos es la boñiga del ganado, que los niños y las mujeres recogen en el campo, ponen a secar al sol y luego almacenan cuidadosamente. 

Vamos entonces a la casa de una señora que fabrica cobijas de lana con ayuda de sus hijos en telares primitivos, y gustosamente nos muestra su industria. Nuestro emprendedor guía le adelanta dinero y le compra la producción, la cual utiliza en el hotel, o revende. Me parece que al estilo tradicional indio, nuestro ex maharajá se siente responsable y vela como un padre por cada familia, a tiempo que todos lo acogen como jefe con grandes muestras de respeto. 

Entre aldea y aldea hay varios kilómetros, y por el camino nuestro guía continúa explicándonos muchos aspectos de la cultura india. Nos dice que la religión les impone 29 mandamientos, de los cuales el más importante es el respeto a la vida. No debe matarse ni un zancudo, pues la vida es una sola, y quizá ese zancudo es la reencarnación de un ser querido. De acuerdo con el “karma” de cada uno, reencarnaremos en formas más avanzadas o más atrasadas en una próxima vida. Más adelante en nuestro viaje encontraremos algunos ortodoxos creyentes que van por las calles barriendo suavemente el suelo con una especie de escoba, para así evitar el riesgo de aplastar una hormiga u otro “pariente” que inadvertidamente se les cruce en el camino. Y muchos llevan tapabocas para preservar la vida de seres que vuelen a su alrededor e inadvertidamente puedan ser inhalados. Con el campero nos acercamos bastante a manadas de gacelas y antílopes que pastan apaciblemente, a sabiendas de que su vida no corre peligro entre esta pacífica gente. Vemos también grupos de pastores nómadas que apacientan tranquilos sus rebaños de ovejas. 

En una de las casas visitadas nos presentan un niño de unos nueve años elegantemente vestido de blanco. Es un chico que se ha casado hace ocho días con una niña de la aldea vecina. En realidad el matrimonio en el Rajastán (y en gran parte del Oriente), sigue siendo un contrato o pacto entre familias, en el que no cuenta el amor ni los caprichos de la juventud. Desde muy pequeños, y a veces aún antes de nacer, una familia se compromete con otra a dar su hijo en matrimonio, y los padres de la novia tienen que sudar la gota trabajando para dar una gran dote, si quieren colocar bien a su hija. El novio o sus apoderados pueden exigir trajes, joyas, aparatos electrodomésticos, vajilla, y hasta motocicletas, de acuerdo con su status social y económico. Se dice que los casamientos infantiles son cada día más raros, pero a nosotros nos toca la curiosa experiencia de llevar en el campero a nuestro sonriente y apuesto “recién casado”, quien se parece más bien a mis nietos Felipe o Juan Sebastián el día de su primera comunión, y quien seguirá viviendo con su familia hasta tener la edad adecuada para traer a la novia a su casa. 

En un claro del campo, cercado por ramas de espino para defender la cosecha de los animales que pastan en los alrededores, encontramos un grupo de personas que limpia el grano. Hombres, mujeres y niños ayudan en la faena trayendo los haces de trigo, avena o cebada, separando el tamo, y haciendo caer el chorro de grano desde un punto alto, para que el viento se lleve la cascarilla y al suelo caiga el grano limpio.  

Continuando gran parte del día de aldea en aldea, entramos a varias casas, en una de las cuales nos ofrecen un gran pan o chapati del cual comemos todos. De cuclillas, las mujeres cocinan en una paila de hierro o cobre colocada sobre tres piedras y calentada con los famosos panecillos de boñiga seca, muy parecidos en su forma y color a las arepitas de harina de trigo que están tostando. En otra casa bajo cuyo alero anidan unos tranquilos pajaritos, nos ofrecen en platillos diversas clases de los granos o cereales medio tostados que forman la base de su alimentación vegetariana. 

Las mujeres deben mantener el rostro y la cabeza cubiertos cuando están en presencia de su suegro o de personas mayores. Pero algunas muchachas nos permiten ver su rostro adornado con aretes en las aletas perforadas de la nariz, y hasta con cadenitas que van de la nariz a una oreja. Además llevan muchas pulseras y ajorcas de cobre, bronce o plata en los brazos y tobillos. En general son altas, delgadas y sonrientes, y con sus coloridos “saris” y sus ojos pintados, algunas se ven realmente hermosas. Visitamos la casa de un curandero tuerto, en cuyos poderes mágicos cuando entra en trance, cree la sencilla gente. El les hace “sanaciones” y ensalmos, y el pueblo se encarga de mantenerle lleno su granero y su estanque, tal como ocurre en Colombia con cualquier cura párroco o pastor emprendedor y convincente. 

Nuestro rajá anfitrión ha dejado para el final la casa más rica e interesante. Es grande, tiene un amplio granero, parece de gente sencilla pero más pudiente, y sus propietarios además de trabajar la tierra tejen mantas. Allí nos visten con el traje típico de la región, nos dan a probar tortillas, y nos enseñan cómo se trenza un turbante enrollando alrededor de la cabeza una larga faja de tela. Una vez vestidos así, nos echan unas cuantas “bendiciones” y aspersiones con “agua bendita”, lo que interpretamos con Teresita como nuestro cuarto matrimonio. Al final de la tarde regresamos al hotel, donde nos espera Krish con su “nave”, listo para emprender el viaje de 290 kilómetros hasta Jaisalmer, la Ciudad Dorada, a donde llegamos esa noche sin contratiempo alguno. 
Continuará...

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