Monday, 11 June 2012

Cuba - Parte 1: Desde Bogotá a La Habana

Como joven Director de Bienestar Estudiantil de la Universidad Nacional yo me sentía amigo de todos sus estudiantes. Una noche de enero de 1966 llega un grupo de ellos a mi casa a invitarme a una visita de seis semanas a Cuba para conocer las realidades de la Revolución. Decido acompañarlos con cierto temor ante las represalias, pues en aquel entonces las relaciones con la Isla estaban prohibidas, y el 21 del mismo mes salimos clandestinamente vía San Andrés - Honduras - Guatemala - México. Aunque el DAS (la policía Secreta colombiana) nos estuvo siguiendo, logramos despistarlos y efectuar el recorrido previsto, volando de Bogotá a la isla de San Andrés y de ahí a Guatemala, de donde continuamos por tierra hasta Ciudad de México. Además de visitar la capital, en Guatemala acudimos a un santuario de la Virgen y recorremos la vecina población de Antigua, llamada así porque antiguamente fue la capital, antes de ser destruida por un terremoto. 

A Quetzaltenango, población indígena en la frontera con México, llegamos a la una y media de la madrugada y allí aguantamos frío hasta que amanece y abren las oficinas de inmigración. O los guardas mexicanos nos ven caras sospechosas, o les caemos mal, lo cierto es que nos exigen que mostremos suficiente dinero en efectivo, nos demoran largo rato en la frontera, hacen partir el autobús en que viajamos, y nos permiten entrar al país sólo un rato después de que nuestro vehículo ha partido. 

CIUDAD DE MEXICO
Apurados tomamos un taxi que nos lleva velozmente hasta Tapachula, la primera población mexicana, donde alcanzamos el autobús (que en México llaman "camión"), con gran alivio nuestro. Pero mayor es el alivio de un grupo de pasajeros del mismo, con quienes hemos hecho amistad durante el trayecto en Guatemala, y quienes al vernos escasos de dinero nos prestaron los dólares necesarios para mostrar a los guardas de la aduana. Así que en Tapachula los alcanzamos, les devolvemos el dinero y nos adentramos muy contentos en territorio mexicano, pasando por el golfo de Tehuantepec, el cual forma su propio "mar muerto" y cuya población zacateca conserva aún su lengua y vestido autóctonos. 

En Ciudad de México nos esperan profesores pro-fidelistas quienes nos atienden y nos facilitan el vuelo hasta La Habana. Pero antes de viajar a Cuba tenemos varios días para recorrer las calles centrales de la capital mexicana, incluido el pintoresco Zócalo o plaza principal, la musical Plaza Garibaldi llena de alegres mariachis, la atractiva Zona Rosa con sus bares, restaurantes y hoteles, los museos y teatros, la Universidad Autónoma y otros sitios interesantes. Por la noche vamos al teatro y me hago amigo de un inspector de apellido Islas, quien nos deja entrar gratis a otros espectáculos los días siguientes. En el Palacio Nacional admiro por primera vez los frescos de Diego Rivera, y en la UNAM compartimos puntos de vista y “arreglamos el mundo” en largas conversaciones con los estudiantes. El Museo de Arte Moderno y el Palacio de Bellas Artes me permiten disfrutar de más óleos y frescos de Rivera, Orozco, Siqueiros y Tamayo. Y en el Museo de Historia del Palacio de Chapultepec, con su anexa galería en espiral, aprendo algo de la historia de Carranza, Zapata, Pancho Villa, Morelos, el cura Hidalgo, Benito Juárez y otros personajes cuya memoria veneran los hermanos mexicanos. 

En el aeropuerto de Ciudad de México los agentes de la CIA fotografiaban y reseñaban a todo el que cometiera el pecado mortal de visitar la Isla. A mí me tuvieron en lista negra durante muchos años, hasta que tal vez se borró la memoria de sus computadores o hasta que se dieron cuenta de que yo no era un agitador profesional pro-castrista, sino un simple ciudadano de espíritu liberal deseoso de ver con sus propios ojos la realidad del fenómeno cubano. En el avión mismo nos impacta la contagiosa simpatía de la azafata cubana. Ella nos enseña las primeras canciones anti-yanquis y cuando la invitamos a salir, nos propone que la salida sea a recoger frutos menores un domingo en una granja colectiva. 

LA HABANA
Qué emoción cuando desembarcamos y encontramos una gigantesca pancarta con la leyenda: "Cuba, Territorio Libre de América”! Qué convicción, alegría, idealismo y fervor el que encontramos entre la juventud cubana! Esos jóvenes mostraban por Fidel y su Revolución un fervor sólo comparable al que yo había visto en Colombia entre los miembros de la Legión de María. Efectivamente estaban muy bien adoctrinados y muy convencidos del histórico proceso que estaban viviendo. 

Los "compañeros" del ICAP (Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos) nos alojan en el lujoso Hotel Habana Riviera y nos atienden espléndidamente. Mi grupo está constituido por once muchachos y una chica, la mitad de izquierda y la mitad derechistas. Como en las películas de James Bond, los conservadores “ven” micrófonos y espías comunistas en todas partes, especialmente al entrar a las habitaciones de los hoteles. Y los “camaradas” no “ven” sino perfección en el régimen, e imperfección en todas las cosas de Colombia. Junto con mi profesor acompañante Roberto Valencia, tratamos de poner las cosas en perspectiva y mirar la realidad objetivamente. Pero es muy difícil lograr la objetividad en medio de un proceso tan emocionalmente discutido como lo ha sido siempre la Revolución Cubana. Sencilla y apasionadamente cada persona está a favor o en contra, según con quien haya hablado, según lo que haya leído, o mejor, según convenga a sus propios intereses o previas convicciones. De los que perdieron su casa, auto, beca y negocio, sacrificaron su ganado y salieron para la Florida, no pueden esperarse comentarios diferentes a los que han venido haciendo desde el primer día, debidamente amplificados por los altoparlantes de la CIA y el Departamento de Estado norteamericano. Sería absurdo que pensaran en forma diferente. Pero era necesario oír a la contra parte: todos aquellos millones de adultos que nunca habían tenido la oportunidad de aprender a leer y escribir, que habían sido explotados por los terratenientes, que no habían tenido acceso a servicios de salud; en fin, tantos que vivieron en la miseria durante esos oprobiosos regímenes sostenidos por el gobierno norteamericano como el de Fulgencio Batista, todos aquellos jóvenes estudiantes que ahora tenían la esperanza de un país nuevo, con igualdad de oportunidades y con un futuro... cómo podrían hablar un lenguaje distinto del entusiasmo, el idealismo, y el gusto por la vida? 

Hacemos la típica gira de la ciudad que incluye el Malecón, la Cabaña, la Ciudad Antigua, la plaza de la Catedral y varias empresas colectivas de muebles y ferretería. Me impresionan las calles muy limpias y las lujosas viviendas convertidas ahora en inquilinatos. Recuerdo la ropa extendida entre dos columnas dóricas de un "palacio" expropiado a algún oligarca de esos que hoy vociferan en Miami. En realidad la Reforma Urbana dio casa gratis a los pobres pero produjo el rápido deterioro de las viviendas, pues como es lógico la gente no tiene interés en cuidar bienes que no son suyos sino del Estado. Visitamos un Centro de Vivienda en Habana del Este, construido por el gobierno de Castro dentro de su ambicioso plan de erradicación de tugurios. Sin lujos, con la típica funcionalidad socialista, permitía observar la falta de educación de mucha gente, que no sabía usar los sanitarios y que arrojaba basuras en las zonas comunales. Los niños nos pedían chicles, artículo que era un lujo prohibitivo en la precaria economía de la Isla, la cual nos recibió con una “inusitada ola de frío”, o sea una temperatura de 15°C! 

Copio de mi diario (enero 29 de 1966) las cuotas de racionamiento asignadas con estricta igualdad a todos los habitantes en esa época:
Carne: ¼ lb por persona, dos veces a la semana.
Leche: Un vaso/día por persona
Zapatos: Un par de calle, un par de tenis y un par de trabajo por persona, al año.
Camisas: De menos de $ 4.-, sin restricción.
De más de $ 4.-, con libreta.
Trajes: Sin restricción.
Juguetes: Baratos, sin restricción
Caros, con libreta, en Pascua.
Mantequilla: Sólo en el hotel, hasta ahora.
Medias y ropa interior, sin restricción, desde hace pocos meses, cuando comenzó la producción en el país. Ropa para bebé, sin restricción. 

Había también algo de mercado negro. La proteína animal era suplida con mucho fríjol, y se experimentaba con soya y otros vegetales menos costosos, pues antes de salir del país los latifundistas habían sacrificado casi la totalidad de sus ganados. Nadie pasaba hambre, había una decorosa pobreza generalizada, y ni los más altos funcionarios insultaban con lujos a la sociedad, como pasa en Colombia y en tantos otros países que se dicen “civilizados”. Eso sí, nunca faltaba un buen cigarro al final de cada comida, pues éste forma parte de las más arraigadas costumbres cubanas. 

Por todas partes oíamos historias acerca de los horrores de la dictadura de Batista. En el Museo de la Revolución vimos sobre ella muchos testimonios gráficos, y cada día después de las visitas programadas nos paseábamos por nuestra cuenta con entera libertad, charlábamos con la gente y escuchábamos sus versiones. Los llamados "gusanos" contrarrevolucionarios nos hablaban muy mal de Fidel, mientras que los "compañeros" socialistas nos expresaban su fervor y reconocían “algunos errores” cometidos en los primeros años. Una noche visitamos una residencia estudiantil femenina, entre cuyas 900 ocupantes, muchas de ellas extranjeras, se encontraba una colombiana. Nos recibió la frágil niña que estaba de guardia, armada de ametralladora. Al igual que en Israel, donde estuve años más tarde, todos los jóvenes recibían instrucción militar, estaban listos para defender su país, y cumplían funciones productivas y de seguridad mientras estudiaban. Además de educación cada becario recibía ropa, zapatos, libros y artículos de aseo enteramente gratis. 

También estuvimos observando el funcionamiento de un Círculo Infantil para hijos de madres trabajadoras, que tenía una escuela primaria en el segundo piso, en donde a los niños se les enseñaba que Dios no existe y que los dulces y golosinas los da Fidel Castro. En esa época yo todavía le creía a los curas e iba a misa los "domingos y fiestas de guardar", y los "camaradas" guías del ICAP, muy tolerantes, me ayudaron a encontrar las parroquias más cercanas y me facilitaron la asistencia todos los domingos que pasamos en su patria. 

Antes de salir de la Habana para recorrer el país, hicimos una visita a la fábrica de tabacos H. Uppmann, donde pudimos dialogar con el "compañero" Administrador y con los trabajadores, quienes nos recibieron y despidieron con sus típicos aplausos: golpes en todas las mesitas de trabajo con las tablillas que usan para alisar la hoja. Mientras trabajan, tienen la curiosa costumbre de escuchar a un compañero lector, quien durante varias horas al día les lee novelas u obras doctrinarias. 



Varias tomas por las calles de La Habana.

Fotos cortesía de Leonardo Morales, 2012.

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