Como joven Director de Bienestar Estudiantil de la Universidad
Nacional yo me sentía amigo de todos sus estudiantes. Una noche de enero
de 1966 llega un grupo de ellos a mi casa a invitarme a una visita de
seis semanas a Cuba para conocer las realidades de la Revolución. Decido
acompañarlos con cierto temor ante las represalias, pues en aquel
entonces las relaciones con la Isla estaban prohibidas, y el 21 del
mismo mes salimos clandestinamente vía San Andrés - Honduras - Guatemala
- México. Aunque el DAS (la policía Secreta colombiana) nos estuvo
siguiendo, logramos despistarlos y efectuar el recorrido previsto,
volando de Bogotá a la isla de San Andrés y de ahí a Guatemala, de donde
continuamos por tierra hasta Ciudad de México. Además de visitar la
capital, en Guatemala acudimos a un santuario de la Virgen y recorremos
la vecina población de Antigua, llamada así porque antiguamente fue la
capital, antes de ser destruida por un terremoto.
A
Quetzaltenango, población indígena en la frontera con México, llegamos a
la una y media de la madrugada y allí aguantamos frío hasta que amanece
y abren las oficinas de inmigración. O los guardas mexicanos nos ven
caras sospechosas, o les caemos mal, lo cierto es que nos exigen que
mostremos suficiente dinero en efectivo, nos demoran largo rato en la
frontera, hacen partir el autobús en que viajamos, y nos permiten entrar
al país sólo un rato después de que nuestro vehículo ha partido.
CIUDAD DE MEXICO
Apurados tomamos un taxi que nos lleva velozmente hasta
Tapachula, la primera población mexicana, donde alcanzamos el autobús
(que en México llaman "camión"), con gran alivio nuestro. Pero
mayor es el alivio de un grupo de pasajeros del mismo, con quienes hemos
hecho amistad durante el trayecto en Guatemala, y quienes al vernos
escasos de dinero nos prestaron los dólares necesarios para mostrar a
los guardas de la aduana. Así que en Tapachula los alcanzamos, les
devolvemos el dinero y nos adentramos muy contentos en territorio
mexicano, pasando por el golfo de Tehuantepec, el cual forma su propio
"mar muerto" y cuya población zacateca conserva aún su lengua y vestido
autóctonos.
En Ciudad de México nos esperan profesores
pro-fidelistas quienes nos atienden y nos facilitan el vuelo hasta La
Habana. Pero antes de viajar a Cuba tenemos varios días para recorrer
las calles centrales de la capital mexicana, incluido el pintoresco
Zócalo o plaza principal, la musical Plaza Garibaldi llena de alegres
mariachis, la atractiva Zona Rosa con sus bares, restaurantes y hoteles,
los museos y teatros, la Universidad Autónoma y otros sitios
interesantes. Por la noche vamos al teatro y me hago amigo de un
inspector de apellido Islas, quien nos deja entrar gratis a otros
espectáculos los días siguientes. En el Palacio Nacional admiro por
primera vez los frescos de Diego Rivera, y en la UNAM compartimos puntos
de vista y “arreglamos el mundo” en largas conversaciones con los
estudiantes. El Museo de Arte Moderno y el Palacio de Bellas Artes me
permiten disfrutar de más óleos y frescos de Rivera, Orozco, Siqueiros y
Tamayo. Y en el Museo de Historia del Palacio de Chapultepec, con su
anexa galería en espiral, aprendo algo de la historia de Carranza,
Zapata, Pancho Villa, Morelos, el cura Hidalgo, Benito Juárez y otros
personajes cuya memoria veneran los hermanos mexicanos.
En el
aeropuerto de Ciudad de México los agentes de la CIA fotografiaban y
reseñaban a todo el que cometiera el pecado mortal de visitar la Isla. A
mí me tuvieron en lista negra durante muchos años, hasta que tal vez se
borró la memoria de sus computadores o hasta que se dieron
cuenta de que yo no era un agitador profesional pro-castrista, sino un
simple ciudadano de espíritu liberal deseoso de ver con sus propios ojos
la realidad del fenómeno cubano. En el avión mismo nos impacta la
contagiosa simpatía de la azafata cubana. Ella nos enseña las primeras
canciones anti-yanquis y cuando la invitamos a salir, nos propone que la
salida sea a recoger frutos menores un domingo en una granja colectiva.
LA HABANA
Qué emoción cuando desembarcamos y
encontramos una gigantesca pancarta con la leyenda: "Cuba, Territorio
Libre de América”! Qué convicción, alegría, idealismo y fervor el que
encontramos entre la juventud cubana! Esos jóvenes mostraban por Fidel y
su Revolución un fervor sólo comparable al que yo había visto en
Colombia entre los miembros de la Legión de María. Efectivamente estaban
muy bien adoctrinados y muy convencidos del histórico proceso que
estaban viviendo.
Los "compañeros" del ICAP (Instituto Cubano de
Amistad con los Pueblos) nos alojan en el lujoso Hotel Habana Riviera y
nos atienden espléndidamente. Mi grupo está constituido por once
muchachos y una chica, la mitad de izquierda y la mitad derechistas.
Como en las películas de James Bond, los conservadores “ven” micrófonos y
espías comunistas en todas partes, especialmente al entrar a las
habitaciones de los hoteles. Y los “camaradas” no “ven” sino perfección
en el régimen, e imperfección en todas las cosas de Colombia. Junto con
mi profesor acompañante Roberto Valencia, tratamos de poner las cosas en
perspectiva y mirar la realidad objetivamente. Pero es muy difícil
lograr la objetividad en medio de un proceso tan emocionalmente
discutido como lo ha sido siempre la Revolución Cubana. Sencilla y
apasionadamente cada persona está a favor o en contra, según con quien
haya hablado, según lo que haya leído, o mejor, según convenga a sus
propios intereses o previas convicciones. De los que perdieron su casa,
auto, beca y negocio, sacrificaron su ganado y salieron para la
Florida, no pueden esperarse comentarios diferentes a los que han venido
haciendo desde el primer día, debidamente amplificados por los
altoparlantes de la CIA y el Departamento de Estado norteamericano.
Sería absurdo que pensaran en forma diferente. Pero era necesario oír a
la contra parte: todos aquellos millones de adultos que nunca habían
tenido la oportunidad de aprender a leer y escribir, que habían sido
explotados por los terratenientes, que no habían tenido acceso a
servicios de salud; en fin, tantos que vivieron en la miseria durante
esos oprobiosos regímenes sostenidos por el gobierno norteamericano como
el de Fulgencio Batista, todos aquellos jóvenes estudiantes que ahora
tenían la esperanza de un país nuevo, con igualdad de oportunidades y
con un futuro... cómo podrían hablar un lenguaje distinto del
entusiasmo, el idealismo, y el gusto por la vida?
Hacemos la
típica gira de la ciudad que incluye el Malecón, la Cabaña, la Ciudad
Antigua, la plaza de la Catedral y varias empresas colectivas de muebles
y ferretería. Me impresionan las calles muy limpias y las lujosas
viviendas convertidas ahora en inquilinatos. Recuerdo la ropa extendida
entre dos columnas dóricas de un "palacio" expropiado a algún oligarca
de esos que hoy vociferan en Miami. En realidad la Reforma Urbana dio
casa gratis a los pobres pero produjo el rápido deterioro de las
viviendas, pues como es lógico la gente no tiene interés en cuidar
bienes que no son suyos sino del Estado. Visitamos un Centro de Vivienda
en Habana del Este, construido por el gobierno de Castro dentro de su
ambicioso plan de erradicación de tugurios. Sin lujos, con la típica
funcionalidad socialista, permitía observar la falta de educación
de mucha gente, que no sabía usar los sanitarios y que arrojaba basuras
en las zonas comunales. Los niños nos pedían chicles, artículo que era
un lujo prohibitivo en la precaria economía de la Isla, la cual nos
recibió con una “inusitada ola de frío”, o sea una temperatura de 15°C!
Copio de mi diario (enero 29 de 1966) las cuotas de
racionamiento asignadas con estricta igualdad a todos los habitantes en
esa época:
Carne: ¼ lb por persona, dos veces a la semana.
Leche: Un vaso/día por persona
Zapatos: Un par de calle, un par de tenis y un par de trabajo por persona, al año.
Camisas: De menos de $ 4.-, sin restricción.
De más de $ 4.-, con libreta.
Trajes: Sin restricción.
Juguetes: Baratos, sin restricción
Caros, con libreta, en Pascua.
Mantequilla: Sólo en el hotel, hasta ahora.
Medias
y ropa interior, sin restricción, desde hace pocos meses, cuando
comenzó la producción en el país. Ropa para bebé, sin restricción.
Había
también algo de mercado negro. La proteína animal era suplida con mucho
fríjol, y se experimentaba con soya y otros vegetales menos costosos,
pues antes de salir del país los latifundistas habían sacrificado casi
la totalidad de sus ganados. Nadie pasaba hambre, había una decorosa
pobreza generalizada, y ni los más altos funcionarios insultaban con
lujos a la sociedad, como pasa en Colombia y en tantos otros países que
se dicen “civilizados”. Eso sí, nunca faltaba un buen cigarro al final
de cada comida, pues éste forma parte de las más arraigadas costumbres
cubanas.
Por todas partes oíamos historias acerca de los horrores
de la dictadura de Batista. En el Museo de la Revolución vimos sobre
ella muchos testimonios gráficos, y cada día después de las visitas
programadas nos paseábamos por nuestra cuenta con entera
libertad, charlábamos con la gente y escuchábamos sus versiones. Los
llamados "gusanos" contrarrevolucionarios nos hablaban muy mal de Fidel,
mientras que los "compañeros" socialistas nos expresaban su fervor y
reconocían “algunos errores” cometidos en los primeros años. Una noche
visitamos una residencia estudiantil femenina, entre cuyas 900
ocupantes, muchas de ellas extranjeras, se encontraba una colombiana.
Nos recibió la frágil niña que estaba de guardia, armada de
ametralladora. Al igual que en Israel, donde estuve años más tarde,
todos los jóvenes recibían instrucción militar, estaban listos para
defender su país, y cumplían funciones productivas y de seguridad
mientras estudiaban. Además de educación cada becario recibía ropa,
zapatos, libros y artículos de aseo enteramente gratis.
También
estuvimos observando el funcionamiento de un Círculo Infantil para hijos
de madres trabajadoras, que tenía una escuela primaria en el segundo
piso, en donde a los niños se les enseñaba que Dios no existe y que los
dulces y golosinas los da Fidel Castro. En esa época yo todavía le creía
a los curas e iba a misa los "domingos y fiestas de guardar", y los
"camaradas" guías del ICAP, muy tolerantes, me ayudaron a encontrar las
parroquias más cercanas y me facilitaron la asistencia todos los
domingos que pasamos en su patria.
Antes de salir de la Habana
para recorrer el país, hicimos una visita a la fábrica de tabacos H.
Uppmann, donde pudimos dialogar con el "compañero" Administrador y con
los trabajadores, quienes nos recibieron y despidieron con sus típicos
aplausos: golpes en todas las mesitas de trabajo con las tablillas que
usan para alisar la hoja. Mientras trabajan, tienen la curiosa costumbre
de escuchar a un compañero lector, quien durante varias horas al día
les lee novelas u obras doctrinarias.
Fotos cortesía de Leonardo Morales, 2012.
Varias tomas por las calles de La Habana.
Fotos cortesía de Leonardo Morales, 2012.



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